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miércoles 27 de diciembre de 2017, 16:05:48
Retorno al valle de los caballos canofagos
Tipo de Entrada: CUADERNO | 1071 visitas

 

 

 

“Érase una vez un valle precioso y solitario en el que habitaba una raza especial de caballos. Estos animales, aparte de vivir felices en su paraíso de bolsillo, solían cantar y bailar extrañas danzas de nombres impronunciables, quizás palabras apropiadas para su idioma… Y es que, por sorprendente que parezca, eran capaces de razonar y de hablar, o al menos así lo explicaban los poquísimos pastores extraviados que habían ido a parar de vez en cuando al valle de los caballos canófagos…”

 

 

Así empezaba una crónica que os compartí en marzo de 2009 a propósito de este lugar y de sus moradores, una crónica que llegó a mis manos por caminos extraños, caminos que ni siquiera puedo comprender y explicar… Una crónica no muy larga que deberíais releer ahora si queréis continuar adelante y comprender lo que sigue (http://gerardo.madteam.net/posts/2009-03/el-valle-de-los-caballos-canofagos/). Recordaréis, y si no os lo recuerdo ahora por si no habéis refrescado el escrito, que los caballos habitantes del valle eran inteligentes, parlantes, carnívoros y con especial delectación por la carne de perro… Tales extraordinarios rasgos generaron el interés y el despliegue del mercado, tras sesudos y multidisciplinares estudios previos. Un mercado que mimó e incentivó los estrambóticos gustos gastronómicos de los habitantes del valle, seduciéndolos, a la par que convertía sus facultades intelectivas en reclamo de foráneos y motor de desarrollo turístico y económico. Pero, ¿he dicho seducidos? Todos no... Según la crónica, una minúscula facción disidente de caballos canófagos recelaba del desarrollo del valle y del excesivo interés humano por ellos. ¿Caballos gordos, necesitados de gimnasios? ¿Restaurantes, cuadras adosadas y promociones inmobiliarias? Y a la vez, ¿presencia de ciertos expertos culinarios de países donde la carne de caballo es extraordinariamente valorada para el consumo humano, casi tanto como la de perro para los caballos canófagos? ¿Todo casual, de verdad?... Pero ya se sabe que las minorías siempre están amargadas, siempre ven conspiraciones, viven bajo el trauma “conspiranoico” de sentirse víctimas de todo y todos … La crónica terminaba abordando un poco de pasada los desajustes políticos que la promoción del valle y de sus habitantes estaba empezando a provocar… Contradicciones gubernamentales, discrepancias políticas con peticiones de dimisiones e incluso de elecciones anticipadas… ¿Cómo es posible todo esto?... Pero ya se sabe que la política y sus protagonistas son como son…

 

 

¿Cómo han podido ir evolucionando todos estos inquietantes procesos? La crónica, que no hacía referencia a un marco temporal concreto, acababa diciendo que “por el momento” eso era todo lo que se podía contar sobre el valle de los caballos canófagos. ¿Por el momento? ¿Qué momento? ¿Cuándo? ¿Mucho antes de ahora? ¿Y ahora qué?... Menudas preguntas, ¿verdad?... Y es que es eso lo que tienen las crónicas, al menos las auténticas crónicas, los textos que relatan sucesos relevantes… ¿Es que acaso Homero dató los sucesos protagonizados por Aquiles, el de los pies ligeros, y por Héctor, domador de caballos? Pues no, por supuesto que no lo hizo, faltaría más, convertir una epopeya en una reseña periodística, ¿y qué más?…

 

 

Pero bueno, vamos a centrarnos sin más digresiones… El caso es que me hallo en condiciones de actualizar las noticias sobre el valle de los caballos canófagos, sí. Varios comunicantes me han transmitido oralmente, como tiene que ser, novedades enjundiosas al respecto, sí. Y me han contado que algunos turistas, en plena euforia descubridora, parece ser que llegaron a contactar en un momento determinado (es un decir, por no decir del todo indeterminado…) con los grupúsculos de caballos contrarios a la explotación del valle y a la alteración de las ancestrales costumbres de sus moradores cuadrúpedos. Estos discrepantes no estaban organizados todavía de forma concreta, y sus protestas y reivindicaciones pasaban por no alojarse jamás en ninguna de las residencias equinas disponibles, por seguir viviendo en sus campas y sus “jaçes” (en catalán, lugares resguardados donde el ganado acostumbra a pernoctar), y por boicotear sistemáticamente los restaurantes de carne de perro del valle. Esto no comportaba renunciar a su dieta tradicional carnívora, ni privarse de la “delicatesen” de la carne de cánido. Pero claro, para mantenerla desde fuera del circuito de restauración consensuado entre sus hermanos y los humanos, necesitaban sustraer perros a los turistas. Esto suponía esporádicas escenas de cacería en las zonas más recónditas del valle, con la natural conmoción entre sus visitantes y más entre sus perros. Y lo que era más grave: comportaba una flagrante vulneración de alguno de los pactos entre caballos y humanos en los que se sustentaba el desarrollo económico del valle y la nueva vida de sus habitantes, pactos según los cuales los caballos dejaban de atacar a las mascotas humanas a cambio de disponer de su manjar favorito en la amplia red de restaurantes para caballos del valle. O sea, por decirlo brevemente: se habían convertido en unos antisistema, que se dice ahora... 

 

 

Hubo denuncias, cada vez más regulares, de ataques a grupos de excursionistas y a sus perros, generalmente con la subsiguiente desaparición de estos. Los protocolos depredatorios de los caballos rebeldes ya tenían que ver poco con los de los tiempos heroicos, cuando usaban manadas adiestradas de rebecos para atraer la atención de los perros, separarlos de sus amos y cazarlos. No, ahora las cosas parecían más peligrosamente directas, según los denunciantes: se trataba de bandas agresivas de caballos bien organizados, una parte de los cuales rodeaba y amenazaba directamente a los humanos, mientras la otra, con los caballos generalmente más ágiles y rápidos, se dedicaba al acoso y captura de los perros sin ningún disimulo… Según las autoridades ya no se trataba de hurto de perros, sustracciones con engaño y sin violencia, sino de auténticos asaltos violentos que podían provocar víctimas humanas en el momento menos pensado; y es que contra un percherón de montaña cabreado y dispuesto a todo no hay manera de defensa como no sea con un buen rifle… Y claro está, esto es lo que hicieron las autoridades, decidir que en las zonas más recónditas del valle los excursionistas avanzaran siempre en grupo y custodiados por agentes armados.

 

 

Esta situación que podría parecer de guerrilla empezó a producirse, pero territorialmente limitada sólo a ciertos lugares remotos. En los lugares céntricos del valle, donde prosperaban los alojamientos turísticos para humanos, la cuadras adosadas de alto standing para caballos, los centros de compras, ocio y restauración para foráneos y nativos, y todo tipo de infraestructuras e inmuebles, siempre acordes con los parámetros de la “arquitectura de montaña”, la habitual pero discreta presencia policial evitaba cualquier acto de las manadas de caballos rebeldes. Mientras en los límites más recónditos del valle iban menudeando episodios cada vez más violentos, en los que las víctimas las ponían siempre los caballos emboscados (porque por muy cabreado que esté un percherón de montaña, nada puede hacer contra el disparo certero de un rifle…), en el corazón económico y turístico del valle las cosas no parecían experimentar variación y todo seguía con una feliz normalidad, con sus luces, sus tiendas, sus restaurantes, sus hoteles y su bullicio… Sólo los ojos más avezados hubieran podido apreciar un incremento sutil pero real de vigilancia armada. Los mismos ojos que hubieran podido detectar la presencia de varios restaurantes de nombre preferentemente francés en las afueras de la zona comercial del valle, alejados de las promociones de cuadras adosadas de alto standing y de los centros de convenciones humano-equinos, restaurantes discretos pero con clientela fiel y en aumento. Cuando había refriegas con los insurgentes, se ofertaban a precios rompedores los platos de carne…  

 

 

La eficaz y contundente respuesta de las autoridades consiguió que languidecieran y se espaciaran en el tiempo los ataques de caballos rebeldes... Aunque también era en buena medida porque los excursionistas habían reducido sus visitas a las zonas más alejadas del valle, ya que al fin y al cabo, si a uno le apetece hacer una excursión de verdad por un lugar salvaje, lo que menos le estimula es hacerla en grupos compactos y acompañado por una escolta armada. El caso es que, por lo que fuera, la tranquilidad casi retornó al valle de los caballos canófagos, a este valle turística y comercialmente exitoso. Pero claro, tal tranquilidad también se había conseguido alterando algunos frágiles equilibrios existentes, equilibrios que le habían llevado a ser lo que era. La subida imparable del precio de los segundos platos en los restaurantes de estilo francés de la periferia provocó una disminución sensible de su clientela, y la presentación de quejas airadas de sus propietarios ante las autoridades: era intolerable esta estrangulación de uno de los motores económicos en alza del valle… Las negociaciones entabladas no progresaban y, llegados a un callejón sin salida, y para combatir el desplome de ingresos de la restauración, algunos de estos propietarios de restaurantes empezaron a organizar salidas de excursionistas a zonas salvajes del valle, custodiadas por civiles armados contratados ex profeso. Aparte de los ingresos por las excursiones, consiguieron abaratar de nuevo la carne que servían en sus mesas, volvieron a llenarlas y pareció que las cosas volvían a rodar… Pero, naturalmente, estos protocolos se hallaban completamente fuera de la ley y de cualquier regulación… Más allá de las averiguaciones y gestiones de las autoridades en cuanto detectaron estas partidas de excursionistas escoltados, pronto aparecieron al respecto denuncias de grupos animalistas y de defensa de la naturaleza. Las autoridades no podían quedarse de brazos cruzados, y tenían muchos motivos para actuar, entre otros uno de elemental seguridad pública: ¿qué es esto de partidas no autorizadas de gente armada? Intolerable…

 

 

Lo de la rotura de equilibrios tuvo también otras derivadas, desde luego… Alguien se estará preguntando qué pasó con los perros…En fin, parece ser que después de los momentos álgidos de la insurgencia equina, en los que los pobres animalitos desaparecían frecuentemente, la firme acción de las autoridades permitió que los turistas y excursionistas volvieran a internarse en los lugares remotos del valle sin temor a perder a sus mascotas. Este efecto fue reforzado por la acción de las partidas armadas de los restauradores franceses, que protegían doblemente a los turistas… Lo que pasa es que todo esto no salía “gratis”, que se suele decir, y es que cualquier pequeño clavo en el frágil entramado de la vida socio económica del valle podía generar desajustes… Así, el descenso en la mortandad de perros excursionistas provocó cierta debacle en algunos restaurantes chinos del valle, que tuvieron que restringir sus cartas y menús, especialmente los segundos platos, y a la par subir sus precios… Algún avispado, o directamente malpensado, llegó a decir que claro, que la insurgencia equina se había estado financiado con la venta de perros muertos en sus ataques, que no todas sus víctimas eran consumidas… Y ya se sabe qué ocurre cuando desciende la oferta.

 

 

En definitiva, una vez casi desmanteladas las partidas de caballos insurgentes, el terreno había quedado en manos de dos agentes principales: por un lado las partidas de civiles armados que custodiaban turistas, y por otro las patrullas oficiales de agentes de la autoridad, que más que acosar a los equinos rebeldes, en declive, acabaron dedicándose a perseguir a las partidas armadas. Ya se ha dicho que sus actividades resultaban a todas luces intolerables, un desafío directo a las potestades de la autoridad, única depositaria del ejercicio de la violencia en una sociedad civilizada y avanzada. Claro está, esta dinámica acabó provocando enfrentamientos armados entre humanos… Los turistas generalmente quedaban en un segundo plano en tales refriegas, lo que no era obstáculo para que se sucedieran tiroteos entre civiles armados y agentes. No eran ni mucho menos frecuentes, pero es verdad que iban sucediendo, y en número creciente. Más allá de la situación de violencia sangrienta que se estaba alimentando con tales acciones, inadmisible desde todos los puntos de vista (social, ético, moral, de seguridad pública…), resultaba que había otro efecto indeseado, que pronto hicieron notar algunos economistas frecuentadores del valle: así como los episodios de mortandad equina y canina habían producido ciertos efectos positivos en algunos sectores económicos del valle, principalmente ligados con la restauración, la mortandad humana jamás iba a tener efectos equiparables, ya que saltaba a la vista que nunca se podrían promocionar en el valle restaurantes para antropófagos…

 

 

Llegados a este punto, parecía claro que las partidas de caballos rebeldes estaban al borde de la desaparición: vivían en covachos y oquedades de los lugares más apartados e inaccesibles del valle, practicando cada vez menos incursiones contra los turistas y sus perros, acosados como estaban por las autoridades y los civiles armados. Sus líderes trataban de desbloquear este asedio, pero no resultaba nada fácil… Tenían claro que necesitaban cambiar de estrategia, pero no sabían cómo… Execraban de la situación degradada del valle, de la colonización humana y de sus efectos perversos y devastadores… Efectos cuya vertiente más pérfida residía en la entrega acrítica de un buena parte de sus congéneres a las novedades introducidas por los humanos, como los barrios de cuadras adosadas, los restaurantes equinos con carne de perro, la interacción inicialmente igualitaria con los humanos (recordemos los centros de convención humano-equinos para poder conversar…) que se iba degradando hacia una dominación cada vez más “colonial”… Hasta el punto de que su territorio, su valle, estaba dejando de ser suyo para convertirse en campo de batalla para las disensiones y luchas entre humanos, cada vez más sangrientas. La acción de las primeras manadas rebeldes había provocado una reacción humana violenta que los tenía prácticamente confinados en sus guaridas, sin posibilidad de resistencia: no podían enfrentarse a los disparos de rifle. Ni disponían de armas ni, aunque hubieran tenido acceso a ellas, hubieran podido utilizarlas, porque de todos es sabido que por muy inteligente y razonadora que fuera su raza equina, la anatomía de un caballo no está diseñada para utilizar armas de fuego. Algunos líderes propusieron en un momento determinado contratar mercenarios humanos armados: había abundancia de ellos en el valle desde los últimos acontecimientos violentos, algunos desocupados... El dinero no era problema, porque siendo como eran ahorradores por naturaleza, aún conservaban fondos de los primeros tiempos, cuando vendieron a los humanos muchos de sus terrenos para la promoción inmobiliaria. Pero claro, no parecía la mejor estrategia… Porque iban tomando nota de que llenar el valle de gente armada no resolvía los problemas de fondo, sino que simplemente los cubría de una patena de sangre y violencia… Se trataba de recuperar su forma de vida, no de ahogarse en las feroces dinámicas de los hombres…   

 

 

Hubo un líder que, después de que se analizara la situación entre todos, se valoraran pros y contras, y se concluyera que incrementar la espiral violenta no funcionaría, propuso poner el acento en los innumerables congéneres que habitaban el valle alimentando su actual forma de vida, participando de las extravagancias humanas. Proponía cortocircuitar esa participación, infiltrando como clientes a caballos rebeldes en los múltiples establecimientos del valle, compareciendo como comensales en los restaurantes, comprando y alquilando cuadras adosadas para poder instalarse en ellas, apuntándose en las listas de los caballos que participaban en las charlas con humanos de los centros de convención, entrando en los engranajes y vertiendo arena en ellos, en definitiva… O sea, desarrollando desde dentro tareas discretas de concienciación de sus congéneres, de aquellos que estaban implicados en todo ello por convicción, para revertir su voluntad y promover un sabotaje general. Como se ha dicho, dinero todavía quedaba para ciertas operaciones, un dinero que había venido de las entrañas de la nueva forma de vida, y que ahora podía servir para erradicarla.

 

 

La propuesta fue aprobada por los líderes rebeldes. La inestabilidad derivada de los episodios de violencia había generado remarcables fluctuaciones en el mercado inmobiliario del valle, y no fue difícil adquirir algunas cuadras adosadas en zonas céntricas, incluso de lujo, y con dinero contante y sonante, que es como deben hacerse estas cosas: caballos con posibilidades financieras, con ganas de invertir y deseosos de subirse al carrusel de los lujos del valle… No levantaron la más mínima sospecha. Los activistas empezaron a frecuentar restaurantes donde degustar su manjar favorito, a participar en charlas interactivas con humanos y a implicarse en las reuniones de las comunidades de propietarios de las cuadras adosadas, entre otras cosas, sin dejar de sondear el entorno e iniciar contactos discretos con sus congéneres. Pero los primeros informes elevados a los líderes rebeldes no eran muy alentadores: los caballos “aculturados”, como gustaban de llamarlos los rebeldes, se encontraban muy a gusto entre los engranajes de la nueva vida económica del valle. Lejos de ser los granos de arena que atascaran la maquinaria, constituían gotas de lubricante que la mantenían en óptimo funcionamiento… Y es que no era fácil renunciar a viviendas cómodas, calientes, con servicios y equipamientos próximos, después de generaciones y generaciones viviendo como simples y sufridos caballos de montaña, cuando cada día era una incertidumbre y el futuro una incógnita…

 

 

La labor de los infiltrados, pues, no resultaba nada sencilla… Tenían que ir tejiendo poco a poco contactos y complicidades con los aculturados, calibrando en todo momento su grado de convicción, diagnosticando posibles fisuras y ahondándolas con cautela extrema, en una labor de lento y sutil adoctrinamiento que no despertara suspicacias entre los caballos aculturados, y mucho menos aún entre todos los demás pobladores del valle, una caterva de colectivos complejamente enfrentados entre ellos pero con ciertos intereses comunes: autoridades interesadas en acabar con la insurgencia equina, promotores de bandas armadas que necesitaban carne para abastecer sus negocios de restauración, turistas preocupados por la suerte de sus perros durante las excursiones por el valle, promotores inmobiliarios que vendían buenas y bien equipadas cuadras a clientes de buen contentar y con liquidez económica, traductores y guías que vivían de los contactos interculturales humano-equinos en los centros de interpretación del valle, dueños de exclusivos gimnasios adaptados a la peculiar fisiología equina donde su clientela podía combatir su creciente obesidad, incluso restauradores chinos deseosos de incrementar su clientela de caballos comedores de perros… A ninguno de estos sectores socioeconómicos le interesaba una insurgencia equina, en absoluto, una revuelta que renegara del gasto y la inversión en las bondades civilizadoras, que consiguiera su comida favorita por su cuenta y riesgo en acciones violentas, que viviera como una horda de animales salvajes enfrentándose con los humanos (clientes, turistas, agentes económicos, autoridades…) y también con sus congéneres cuadrúpedos deslumbrados por el progreso y entregados a él. Era escandaloso e intolerable, algo que debía ser combatido y eliminado.

 

 

La tenacidad de la insurgencia equina y de sus comandos infiltrados era encomiable, pero no sólo no progresaban, sino que sufrieron serios reveses. Algunas filtraciones y delaciones provocaron detenciones, que a menudo derivaban en un incremento de la oferta de platos de carne en algunos restaurantes del valle. Las autoridades consiguieron desmantelar algunos comandos, aunque otros continuaban su lenta y sorda labor desde un anonimato perseverante, si bien poco eficaz. A su vez, ciertos grupos de caballos rebeldes, cansados de la falta de progresos, retomaron sus “razzias” contra excursionistas y sus perros, lo que exacerbó la respuesta armada y disparó el número de refriegas. En un momento determinado, la cotización de la carne de caballo alcanzó precios de saldo, y la de la carne de perro casi… Por añadidura, no hay que olvidar que, al margen de estas dinámicas, continuaban los enfrentamientos regulares entre agentes y milicianos armados…

 

 

Y por primera vez desde que el valle de los caballos canófagos fuera descubierto por la Civilización, algunos fundamentos de su régimen socio-económico empezaron a tambalearse de verdad. La inestabilidad provocó un primer descenso de la afluencia de turistas humanos, un estancamiento de los precios de los inmuebles, un descenso de las actividades en general, cancelaciones de excursiones, el cierre de algunos restaurantes… Los centros de convenciones y de interpretación del valle presentaban entradas de visitantes alarmantemente bajas, salvo en los momentos álgidos de temporada alta, vacaciones y demás, y algunos traductores y relaciones públicas comenzaban a ser despedidos…  Sin embargo, estas perversas dinámicas relativas a los humanos parecían tener menos incidencia en la población equina de los principales centros del valle, hasta el punto de que algunos de los restaurantes de carne de perro experimentaron cierto incremento de su clientela, así como la venta y alquiler de cuadras de alto standing… Saltaba a la vista que los infiltrados, aparte del acoso de las autoridades, no conseguían hacer calar su mensaje entre sus congéneres aculturados. Y es que, como resaltaban machaconamente una y otra vez los informes secretos de los comandos infiltrados, se antojaba casi imposible revertir las costumbres y convicciones adquiridas por los caballos que habían cambiado de estilo de vida: estaban satisfechos, muy satisfechos de haberse librado de la dura vida del monte y de disfrutar de la civilización, y de poder comer perro sentados orondamente a la mesa.

 

 

Y fue esta sensación casi generalizada de impotencia equina la que desembocó en un nuevo fenómeno, muy preocupante… Y es que comenzaban a darse casos de ataques entre caballos, esporádicos pero sangrantes, que generalmente se producían fuera de los núcleos habitados, cuando algunos caballos urbanos decidían darse una vuelta y eran asaltados por ciertas partidas de caballos disidentes especialmente movilizados y violentos. Los líderes de la revuelta intentaron de inmediato atajar estos conatos, invocando cosas tan elementales como la hermandad racial, que se estaban equivocando de enemigos y que había que trabajar la concienciación de los hermanos con constancia y trabajo diario, no atacarlos… Pero no todo el mundo es proclive a estas estrategias a largo plazo, y además la sangre a veces hierve a un punto muy bajo de ebullición… Los esfuerzos de los líderes no lograron evitar estos enfrentamientos fratricidas, que no eran muy numerosos, pero que resultaban muy significativos y comentados, y desde luego no disminuían.

 

 

La verdad es que, en un momento dado, todo lo concerniente a la vida del valle parecía hallarse en una situación de bloqueo… Las dinámicas habían cristalizado volviéndose casi inmutables, los conflictos se habían anquilosado y casi fosilizado, no se veía una manera de salir adelante… Humanos y equinos se sentían como atados al giro ineluctable de una implacable noria, incapaces de aportar perspectivas de solución… Había ya patrullas armadas por cualquier zona céntrica del valle, no sólo en sus confines remotos. Las refriegas y asaltos a veces llegaban a la periferia de los núcleos principales, e incluso a estos mismos… Los vaivenes políticos, que hace mucho (ya en los tiempos de la primera crónica del valle) habían generado inestabilidad, e incluso un cambio más bien inocuo del gobierno central, no estaban ayudando más que a empeorar las cosas. Y es que el tema tenía su tela, una especie de frente a tres bandas, casi inabarcable… Primeramente estaban los conflictos entre humanos, entre intereses económicos por los precios de la carne de perro o de caballo, entre promotores y propietarios de restaurantes, apartamentos, cuadras o centros de interpretación, entre turistas que apostaban a fondo por el valle y los que dejaban de frecuentarlo a la más mínima señal de inestabilidad o alarma. En segundo lugar estaban los conflictos entre caballos, cuya población parecía haberse entregado mayoritariamente a las delicias de la civilización, pero que en una proporción no irrelevante, que no acababa de crecer pero se mantenía, denostaba el proceso del valle y quería restaurar las formas de vida de siempre, a veces violentamente. Y en tercer lugar se situaba el conflicto entre humanos y caballos, de intereses a menudo enfrentados pero en ocasiones coincidentes, paradójicamente, de una variabilidad casi fuera de control… ¿Cómo iban a ponerse de acuerdo humanos y equinos, si previamente no se resolvían los enfrentamientos internos entre ellos?

 

 

Como tantas otras veces a lo largo de la historia de los seres de este planeta, acabaron por ser las circunstancias naturales las que acotaron dramáticamente el campo de juego, o de desencuentro, imponiendo su ley, una ley que ninguna instancia ha podido impugnar jamás. Vinieron un par de inviernos de particular dureza, que se abatieron sobre el valle de los caballos canófagos con una virulencia extrema. Nevadas ininterrumpidas durante muchos días y fríos extremos colapsaron la vida del valle. Todas las vías de comunicación y todos los suministros quedaron inservibles e inutilizables. Cesó completamente la afluencia de turistas y la total paralización económica quedó servida. Los restaurantes quedaron sin abastecimientos, los apartamentos y cuadras de alto standing sin electricidad, agua o calefacción. La mortandad entre los caballos disidentes, que seguían viviendo en el monte, fue devastadora. Las villas céntricas del valle parecían cementerios helados y oscuros, por los que se veían deambular muy ocasionalmente aisladas sombras tambaleantes, auténticas imágenes espectrales. Esto duró cinco meses el primer invierno, y la situación de decadencia y degradación que provocó apenas remontó con la llegada tímida del buen tiempo. Caballos y humanos habían muerto por centenares entre el frío extremo y el hambre, y la nueva temporada no remontó el vuelo, después de las terribles noticias que difundían los medios de comunicación sobre la situación en el valle. Por añadidura, el verano fue muy corto y no consiguió fundir una buena parte de la nieve acumulada en las zonas altas.

 

 

Ya en septiembre entró sin paliativos el que sería el segundo invierno, y con consecuencias mucho peores. Nevaba sobre nevado. Al frío extremo de nuevo, se sumaron más nevadas continuas, semanas y semanas de nevada ininterrumpida que amontonaba gruesos desconocidos en todas las cotas, y todo ello acompañado por vientos devastadores que, si en lugares expuestos dejaban “sólo” dos o tres metros de grueso, en los lugares de depósito a sotavento generaban grosores de decenas y decenas de metros. Y sucedió lo que no había ocurrido en el primer invierno: todavía en plena temporada de frío y precipitaciones, las montañas empezaron literalmente a desmoronarse sobre el fondo del valle. Una retahíla de gigantescos aludes se desencadenó durante dos o tres semanas, por simple sobrecarga, mucho antes de la temporada de aludes primaverales de fusión. Llegaron a todas partes, a todos los lugares habitados, a todos los centros de convenciones e interpretación, a todos los centros comerciales, a todos los apartamentos, a todas las promociones de cuadras adosadas de alto standing,  a todos los cuarteles y comisarías de las autoridades, a todos los restaurantes, a todos los hoteles… Los muertos se contaron por millares… Y cuando llegó la primavera, muy tardía, acabó de desencadenar en la mucha nieve que quedaba todavía en la montaña los clásicos aludes de primavera, de nieve pesada, un auténtico rodillo demoledor de proporciones descomunales. Esta última oleada de aludes destruyó casi todas las edificaciones e infraestructuras que quedaban en pie, y acabó con la vida de casi todos los supervivientes invernales que habían decidido intentar permanecer en el valle…

 

 

Me han relatado mis confidentes, los que me han transmitido oralmente esta crónica que os he compartido, que aún hay vida en el valle de los caballos canófagos. Sí, parece ser que una vida muy similar, aunque aún precaria, a la que había habido siempre, antes de que los primeros pastores y algún excursionista intrépido descubrieran que aquellos caballos hablaban y razonaban, y que comían perros y danzaban danzas extrañas… Antes de que equipos multidisciplinares de veterinarios etólogos, filólogos y demás documentaran su existencia… Y antes de que acabara ocurriendo todo lo que luego ocurrió… Porque es que un caballo de montaña, a pesar de todo, a pesar de los pesares, sigue siendo una criatura fuerte, poderosa y adaptada al medio… Sí, algunos sobrevivieron al desastre climático, especialmente algunos de los rebeldes que nunca habían aceptado la nueva forma de vida acomodada, y allí siguieron ellos y sus descendientes, y aún siguen, parece ser, si bien con una población todavía escasa. A quien se atreva a internarse por ese territorio de nuevo salvaje, le aguarda la posibilidad de toparse con ellos… Ojalá haya leído antes esta crónica y no se le pase ninguna idea estrafalaria por la cabeza…

 

 

 

 

 

 

PD 1.- Terminaba diciéndome con cierta sorna uno de mis relatores que, dentro de lo que cabe, los supervivientes han tenido suerte, porque los aludes aniquilaron casi todo rastro de lo sucedido, lo que no se puede decir de tantos lugares de montaña donde los despojos de pasadas y presentes calenturas fuera de contexto siguen ahí…

 

PD 2.- El primer relato de “El valle de los caballos canófagos”, de marzo de 2009, me lo inspiró mi segundo recorrido por la Coma de l’Orri, en el Ripollès, en septiembre de 2007, cuando mi perrina Mel, mi preciosa flecha dorada, después de molestar a todo bicho viviente fue “corrida” por una pareja de enormes percherones. Huyendo de ellos nos los echó casi encima, y sólo nuestros gritos y aspavientos los detuvieron. La secuela que acabáis de leer me ha venido a la cabeza tras volver a la Coma de l’Orri este noviembre de 2017, diez años después; no había vuelto desde entonces… Esta vez lamentablemente ya no me ha acompañado mi preciosa Mel, que ahora debe dedicarse a perseguir Pegasos y otras criaturas aladas por los cielos… No, me ha acompañado Otto, mi precioso perrín negro, en todo semejante a la noche, que diría el gran Homero… No había ya ganado en noviembre, generalmente está recogido por estas fechas en cotas más bajas. A lo más que ha llegado Otto es a perseguir sin gran convicción, y por suerte sin ninguna eficacia, a algún grupo de rebequitos…  

 



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