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jueves 22 de marzo de 2018, 16:11:49
El rayo verde, ahora de verdad...
Tipo de Entrada: CUADERNO | 436 visitas

 

 

 

Este pasado martes 6 de marzo de 2018 he visto el rayo verde. Era en torno a las 7:20 de la mañana, en el instante justo de la salida del sol sobre el mar, yendo a trabajar en el tren de cercanías hacia Barcelona desde mi pueblo, Vilassar de Mar, a medio camino entre las estaciones de Premià de Mar y Ocata (El Masnou). Tengo el privilegio de poder ver la salida del sol en ciertos momentos, otoño, finales del invierno y principios de la primavera, cuando voy a trabajar, aparte de disfrutar de la visión del mar todos los días del año.

 

El rayo verde, el rayo verde… Ante todo, en términos digamos científicos, se trata de un fenómeno óptico que se produce en el momento en que el sol sale o se pone en el horizonte, un horizonte preferiblemente marino, aunque tengo entendido que no es imprescindible… En internet encontraréis muchos artículos e imágenes sobre el tema. Parece ser que tiene que ver con una especie de refracción rara de la luz del sol en el momento en que se pone o sale sobre el agua, dicen algunos que porque su luminosidad atraviesa las capas marinas (aunque ya os digo que parece ser que podría darse en capas atmosféricas bien estratificadas en una llanura, por ejemplo). El asunto se manifiesta en la puesta de sol como un destello verde en el instante en que la ultimísima fracción del disco desaparece en el horizonte, y en la salida con el mismo destello en el momento en que aparece. Es fácil saber dónde se va a poner el disco solar, desde luego, porque vas viendo su descenso; pero tampoco es difícil saber el punto exacto en el que va a salir, observando la configuración de la luz del amanecer y habiendo visto ya muchos amaneceres: eso es, el punto exacto donde va a brotar, sin errores.

 

 

Más allá de la cuestión científica, una antiquísima leyenda, creo que celta, asegura que quien ve el rayo verde será siempre feliz, porque aprenderá a ver en lo más profundo de su corazón y en el de los demás, e incluso podrá conocer un amor puro e imperecedero si comparte la visión con otra persona... Y es más, adquirirá la capacidad de conocer todo lo que le rodea… Vaya, algo muy parecido a la plena dicha, e incluso a la sabiduría, ¿no os parece?... Yo no sabía nada de este asunto hasta que hace años (pero no demasiados, ya de bien adulto) cayó en mis manos una novela de Julio Verne llamada precisamente “El Rayo Verde” (“Le Rayon Vert” en el original francés). Me puse a leerla sin saber de qué iba, y, en contra de las historias a menudo  trepidantes y futuristas a las que solía acostumbrarnos el autor, descubrí un relato plácido y poético, casi romántico, sobre una joven que se pasa unas vacaciones en Escocia con la única intención de poder contemplar el rayo verde, cosa que tras innumerables intentos frustrados por la meteorología y otras circunstancias, consigue por fin… o no… Pero encuentra al amor de su vida.

 

 

En fin, el relato me encantó, y desde entonces llevo tiempo intentando ver el rayo verde. En verano en la costa de Cantabria, la tierra de mi familia, que tiene innumerables puntos para ver caer el sol en el agua. Y el resto del año en la costa de mi tierra de adopción, Catalunya, porque ya os he dicho que en un par de períodos del año veo salir el sol directamente del agua cada día desde el tren que me lleva al trabajo, cuya vía va casi directamente sobre la playa y el mar… Como la protagonista de la novela, claro, si la meteorología y otras circunstancias lo permiten (trenes fuera de horario, coincidencia en el momento exacto de la salida con estructuras diversas justo sobre la playa y el mar, o un exceso de gente que apenas te impida ver el exterior…)… Pero desde luego no había conseguido verlo nunca, porque no es fácil, me parece, incluso en un entorno idóneo para su contemplación tan diferente al de un tren de cercanías en hora punta…

 

 

En las épocas del año en que sé que el sol va a salir durante el trayecto, si el tren no va muy lleno ya procuro sentarme en el lugar adecuado, un asiento pegadito a las ventanas que miran a mar, y en sentido inverso a la marcha del tren que me permita otear el horizonte oriental (porque el tren discurre de nordeste a sudoeste y avanza de espaldas a la salida del sol). El pasado 6 de marzo, con un aire límpido y en un tramo sin interferencias visuales sobre el mar, ya tenía perfectamente ubicado el punto exacto en que brotaría el sol de forma inminente, punto que hacía minutos que no perdía de vista… Efectivamente, se produjo exactamente ahí. Una primera fracción insignificante de segundo en la que ya vi que lo que aparecía no era anaranjado, sino verdoso, y en esa misma fracción de segundo una deslumbrante transformación de ese punto verde pálido, aún minúsculo, en un intenso y luminoso verde esmeralda, que duró menos de lo que mi cerebro tardaba en procesar… Y de inmediato ya aparecía el borde de la uña del disco solar completamente anaranjado-rojizo, normal. Y ya muy rápido un tercio de disco, medio disco, dos tercios de disco, y por fin el disco entero con esa característica deformidad inferior que parece ligarlo unos instantes todavía al horizonte marino, como si estuviera sobre una efímera peana filamentosa…

 

 

He visto el rayo verde por primera vez en mi vida, estoy convencido de haberlo visto… ¿Se cumplirá en mí la profecía celta? Por lo que pueda tener de sangre celta, que podría no ser poca, creo que me lo merecería… Felicidad, conocimiento, uhm, qué complicado… No me siento infeliz, pero desde luego que las cosas podrían ser mejores, claro que sí, aunque nunca he pensado que esa posible mejora dependa de factores externos a mí mismo, y menos de misteriosos y bellísimos destellos… Respecto al conocimiento, sospecho de forma creciente que no sé nada de nada, o sea que no me vendría mal un poquito de verdadero conocimiento, del bueno de verdad, porque del falaz ya voy servido y estoy rodeado de muchos papanatas que lo predican sin cesar… Y por no hablar de cosas que, quiera o no, constituyen pilares de mi vida, como mi actividad montañera, venida a menos últimamente por factores diversos: quizás la visión del rayo verde la relance, o como mínimo la mantenga en pie sin decaer en exceso… Quizás el rayo verde sea, ante todo, la manifestación perceptiva de lo que llamamos ilusión, la convicción de que aún hay recorrido, aunque a veces no lo parezca. y de que vale la pena emplearse en recorrerlo…

 

 

 

PD 1: Ya os hablé en este blog del rayo verde hace años, hace tanto como en enero del 2011, a propósito de mis buenos deseos para el año que comenzaba, es verdad que con una cierta intención socio-política colectiva que ahora tal vez haya decaído algo en mí: actualmente me conformaría con no perder las pocas dosis de ilusión personal que aún me quedan… Os enlazo lo que escribí entonces: http://gerardo.madteam.net/posts/2011-01/el-rayo-verde-o-mis-deseos-para-el-2011/

 

PD 2: Observar la velocidad sorprendentemente rápida con la que el sol emerge del mar o se sumerge en él, es una lección práctica de la velocidad con la que la Tierra rota sobre sí misma cada día, de oeste a este. En la línea del Ecuador, con la máxima circunferencia del globo terráqueo, estamos hablando de casi 1.670 kilómetros por hora, 40.000 kilómetros cada 24 horas, casi nada... Este valor va disminuyendo si ascendemos o descendemos en latitud norte o sur hacia los polos, y según la inclinación del eje de rotación a lo largo del año, hasta convertirse en prácticamente cero en los polos o sus cercanías, los ejes de la rotación. Realmente ni nos enteramos de que nos movemos a estos niveles, que en el Ecuador y latitudes próximas superan claramente la velocidad del sonido, aunque sin provocar los efectos de cuando un objeto la supera lanzado en la atmósfera libre, con sus estallidos, ondas de choque y demás… 

 




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