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viernes 27 de abril de 2018, 16:28:12
Cesco y la montana
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"Cesco y la montaña", éste es el título de un relato breve que acabo de leer, escrito en 1908 por Hermann Hesse (el autor, entre otras obras, de “Siddharta” y de “El lobo estepario”). Su protagonista, Cesco Biondi, es un chico reservado y solitario, con ciertos problemas de relación, especialmente con las chicas. Emplea parte de su tiempo en recorrer solo las montañas y cimas que rodean su pueblo, uno de sus “hábitos extravagantes, el de hacer largos y solitarios paseos por las montañas que conocía bien y en las que hallaba plácido esparcimiento, en sus cumbres y panoramas, en sus animales y plantas, en sus piedras y cristales. Con el tiempo, Cesco, que gustaba de seguir sus propios caminos y evitaba los lugares más visitados, empezó a frecuentar los inhóspitos parajes del monte Giallo, en los que nunca había un alma viviente y abundaba el territorio virgen”. Es ésta una montaña de entre las muchas que se erigen en la sierra de cumbres célebres del entorno, pero casi desconocida por sus largos accesos y sus difíciles vías de ascensión, de previsibles vistas poco prometedoras, y “por añadidura sus despeñaderos, sus ventisqueros y las condiciones de la nieve le habían dado mala fama”.

 

 

Cesco se va aproximando a ella con calma, sin prisas, en diversas incursiones en las que va avanzando poco a poco hacia arriba, siempre cada vez un poquito más alto, explorando rutas y disfrutando del contacto con la montaña como se disfruta del descubrimiento de una excelente y verdadera amiga, casi una amante. Durante un año la va tanteando, va progresando por su terreno complejo sin forzar la máquina nunca, con la dedicación y la paciencia que le prestamos a un amor recién vislumbrado. Pero algo acaba mutando al final del segundo verano de relación, y aflora en Cesco una visión codiciosa en la que su amor por el monte Giallo vuélvese celoso y desconfiado, posesivo, una montaña que ahora le desafía y a la que debe sojuzgar. Cesco persevera, pero la montaña le presenta una resistencia que ahora parece agresiva y no fraterna, que le hace sufrir, e incluso en una ocasión le obliga a regresar de ella medio congelado y con un brazo roto.

 

 

Al verano siguiente, después de muchos tanteos, vuelve a internarse en las alturas de la montaña acompañado de un amigo, perfectamente equipado con cuerdas y todo, e incluso practicando un vivac “con su manta de lana y su botella de coñac”. A la mañana siguiente, bien temprano, emprenden el ataque a cima. Tras diversas grimpadas tirando de cuerda, y después de atravesar un nevero, se internan en una pared rocosa de apariencia casi inaccesible, pero en la que una cornisa ancha permite progresar. El obstáculo parece vencido y la cima próxima, pero “la pared formaba un repliegue, y cuando Cesco creía haber triunfado ya, inesperadamente, del otro lado de la arista, le azotó con fuerza una ráfaga de viento. Cesco volvió la cara, se sujetó el sombrero, dio un paso en falso y desapareció de la vista de su acompañante.” Éste se asoma y lo vislumbra tendido en el fondo de un barranco. Intenta durante dos horas llegar hasta él para socorrerle, pero como no lo consigue decide bajar a buscar ayuda al pueblo, a donde llega muy tarde y agotado. De inmediato un grupo sale en busca de Cesco.

 

 

Cesco está inmovilizado completamente, con las dos piernas y diversas costillas destrozadas. Pasan las horas, y Cesco se sabe malherido y le da vueltas a la cabeza... Y ahora os transcribo tal cual los tres largos párrafos finales del relato de Hermann Hesse, porque no quiero introducir más alteraciones ni juicio de valor alguno…

“Cesco pensó también en sus paseos y recordó el primer día en que subió al monte Giallo. Entonces reparó en que hubo un tiempo en el que él andaba por allí confiado y alegre y le cobró un gran afecto a la montaña. Entre fuertes dolores, volvió la cara y miró hacia lo alto, y la montaña le miró serena a los ojos. Cesco contemplaba a su vieja amiga, triste y enigmática a la luz del crepúsculo, con sus flancos hendidos y magullados, viejísima y cansada, en su breve descanso veraniego, después de la efervescencia de la primavera.

Cesco Biondi miró a su montaña, el monte Giallo, a la que tan bien creía conocer, y la vio por primera vez en su milenaria soledad, con su triste dignidad, y por primera vez vio y comprendió que todos los seres, montañas y hombres, gamos y aves, las estrellas y todo lo creado, que todo vive su vida sin poder sustraerse a un ferviente anhelo, buscando su final, y la muerte de una persona no es más ni significa más que la caída de una piedra desprendida de la montaña por las aguas, que va rebotando por la ladera, hasta que se rompe en mil pedazos o queda a merced del sol y la lluvia que la erosionan lentamente. Y, mientras gemía y veía acercarse la muerte con el corazón helado, Cesco sentía el mismo gemido y aquel mismo frío sin nombre en la montaña, en la tierra, en el aire y en los astros. Y, aunque sufría mucho, no se sentía completamente solo y, aunque su muerte le parecía espantosa y horrible en aquella soledad, no era a sus ojos más horrible ni más espantosa que todo lo que sucede todos los días en todas partes.

El monte Giallo se guardó a Cesco, al que nunca encontraron. En el pueblo se lamentó mucho su desaparición, pues todos hubieran deseado darle sepultura y descanso en el cementerio. Pero, no descansó peor sobre las piedras de la montaña ni cumplió peor las leyes del destino que si hubiera sido enterrado entre cánticos, a la sombra de la iglesia de su pueblo tras una vida larga y feliz”.

 

Pues ahí queda eso.

 

 

 

 




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