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jueves 14 de junio de 2018, 17:15:13
La poda
Tipo de Entrada: CUADERNO | 2 Comentarios | 460 visitas

 

 

 

 

La poda, eso a que son sometidas las plantas que han de convivir con los humanos en entornos urbanos, o semiurbanos, o al menos humanizados... Algo que solemos practicar sobre ellas los humanos, especialmente sobre los árboles, grandotes y vivaces ellos, cuando amenazan nuestro espacio. Está muy bien tener cerca cosas verdes, proveedoras de sombra, frescor y oxígeno durante las horas de luz… Sí, pero dentro de un orden, parece ser… Para mantener ese orden les practicamos la poda a los vegetales, sobre todo a los de gran formato, que tienen el “privilegio” de convivir con nosotros en nuestros entornos… alterados, digámoslo con todas las letras. Ya, ya sé que me podrá saltar algún biólogo o ingeniero agrónomo defendiendo la conveniencia de ciertas podas por razones sanitarias y de protección de la planta, y ni tengo conocimientos ni estoy en condiciones de discutírselo, en absoluto. Pensaba más en las podas que responden a otros parámetros, a parámetros de estética según los cánones humanos, o de defensa de espacios que hemos colonizado y desnaturalizado, que hemos hecho nuestros y en los que hemos de dejar nuestra impronta, no se vayan a pensar que esto es la selva, por favor…

 

Pues eso, la poda… ¿Y por qué nos habla éste de la poda, qué tripa se le ha roto?, me vais a decir… Bueno, me puedo intentar justificar sucintamente, si me permitís. Resulta que tengo un ficus en el patio de la casa en la que vivo de alquiler, en Vilassar de Mar, en la costa catalana cerca de Barcelona. Cuando entramos a vivir en ella en 1996 era un arbusto grande de apenas un par de metros, pero con los años ha ido cogiendo cuerpo, tamaño y altura, supongo que favorecido por un entorno ideal en un ángulo muy soleado y con suministro de agua en el subsuelo a muy pocos metros de profundidad. El caso es que se ha ido convirtiendo en una “bestia” cuya copa debe de andar por los ocho o nueve metros de altura, con un tronco múltiple de un calibre enorme y un diámetro de hojas y ramajes muy poderoso, de muchos metros. Durante un tiempo yo lo podía “arreglar” un poco de vez en cuando, pero hace mucho que eso está fuera de mis posibilidades. Como la criatura se extiende en todas direcciones y tenemos vecinos, hace ya tiempo que la propietaria de la casa tiene a bien, muy amablemente, el enviarnos una vez al año una pequeña cuadrilla de jardineros que se encargan de la tarea de “humanizar” a semejante fenómeno de la naturaleza vegetal. Tiene una vitalidad portentosa y nos regala una sombra maravillosa (y también montones de hojas caídas en el patio, que hay que recoger regularmente), pero es verdad que se extiende por todas partes y comprendo que, en un entorno hiper humanizado como éste, es inevitable ir “acotándolo” un poco de vez en cuando.

 

En este árbol ha habido durante años nidos de mirlo (“merla” en catalán), y también de paloma, no la común sino la más exótica con collarín negro y plumaje gris perla, que emite un zumbido agudo al echar a volar, la verdad es que preciosa (no toca aquí y ahora hablar de los vencejos – “falciot” en catalán- que anidan cada año en la cámara de aire bajo el tejado, a los que oigo corretear por encima de mi dormitorio en las noches de primavera y verano, y vuelan con agudos chillidos en fascinantes y raudas maniobras de apariencia imposible para entrar y salir por las aberturas de la cámara…). Hasta ahora las intervenciones en el árbol habían sido digamos que “limitadas”, respetando siempre una mínima pantalla de hojas que nos protegiera del sol y de las miradas del vecindario, pero este año las cosas no han ido exactamente igual… La cuadrilla se ha presentado con órdenes estrictas, parece ser, de no tener que volver a hacer el mismo trabajo en bastante tiempo, y en muy pocas horas de trabajo han convertido el ficus en un esqueleto de grandes ramas rectilíneas y casi verticales, todavía de muchos metros de altura, pero en las que no ha quedado apenas una sola hoja… La criatura no sufrirá, ya lo sé, su vitalidad está acreditada y en poco tiempo va a comenzar a echar hojas, pero la primera impresión es deprimente… Nos hemos quedado sin sombra prácticamente, y expuestos visualmente a todo el vecindario con balcones por encima nuestro. Confiado en el resultado de otros años, he de reconocer que no he estado demasiado pendiente de los trabajos, y cuando he reparado en los efectos ya no tenían remedio (aparte de que “quien paga, manda”, y parece ser que había instrucciones precisas inexistentes en años anteriores, en fin…). 

 

La poda, la poda… Sospecho que todo acaba siendo podado en un momento u otro… Bueno, no lo sospecho, lo constato de forma continua, la verdad. Podamos sobre todo las cosas vivas, sometidas a crecimiento, que nos estorban. Y también aquellas otras cosas no exactamente vivas, pero vinculadas de forma íntima a procesos de vida. No sólo podamos plantas y árboles, sino también sentimientos, emociones, vivencias… Somos criaturas castradoras y “autocastradoras”, casi siempre en nombre de una existencia razonable que supuestamente impone la necesidad de estas mutilaciones. Quizás sean elementos que también nos estorban, supongo, porque la vida es un proceso continuo de cambio y transformación, y el bagaje que teníamos antes podría no servir para nada ahora mismo, o mañana… Somos muchos, nos molestamos mucho, y de una forma o de otra parece que nos hemos de desprender de parte de nosotros mismos para que no se vaya todo a la mierda, y para que la convivencia no sea imposible, o hacer que los otros se desprendan de sus sobrantes molestos para nosotros. Desechamos y hacemos desechar apegos a relaciones viejas que quizás nos hirieron, podamos emociones generadas en situaciones que quizás no convenga perpetuar, o eso creemos, y también incluso realizamos podas por puro y simple pánico… Y no sólo lo practicamos con nosotros mismos, sino que se lo practicamos a los demás y ellos nos lo practican a nosotros, o lo hace el entorno, o las circunstancias, o llamémoslo como queramos… Muchas veces, una intervención que no hemos querido o no hemos podido supervisar, como yo con el ficus del patio… La vida nos impone podas, muchas podas, y a menudo es muy complicado ofrecer una resistencia efectiva, me temo. A mí en los últimos tiempos me han venido impuestas ciertas podas, vaya que sí… Quiero creer que es a duras penas evitable y procuro no hacerme mala sangre, porque ante todo hay que seguir intentando ser razonablemente libre y feliz, y para remate puedo reconocerme como corresponsable de algunas de estas podas, desde luego. Me he encontrado podados lugares, emociones, relaciones, actividades, incluso ilusiones, por qué no decirlo… Las circunstancias, o el azar, o la actitud individual de permisividad o dejadez, acaban imponiendo estas podas, y por no ir más lejos de la temática de este blog, también me voy encontrando podas en mis actividades en montaña, y tanto que sí: me estoy encontrando una montaña cada vez más podada (y no me refiero a las aglomeraciones o al deterioro medioambiental…). Están resultando podadas mis ilusiones montañeras, mi ambición montañera, la fe en mis posibilidades montañeras, y por tanto mis objetivos y actividades montañeras… Aunque no sé si me apetece hablar de ello ahora, pese a ser éste en teoría un blog de montaña, ni tampoco creo estar en condiciones de calibrar ahora mismo mi grado de responsabilidad en todo ello.

 

Tal vez lo más triste no sea todo lo anterior, porque en cierta manera uno se pone a tiro de la podadora y suele ser corresponsable del destrozo, sino lo que os cuento a continuación, algo que afecta a la inmediatez de los hechos, al ahora puro y duro. Tras el desaguisado en el ficus del patio, he descubierto consternado el peor de todos los efectos posibles. Este año también había un nido de palomas de collarín negro, pero sólo me he percatado de ello al contemplar el armazón deshojado del árbol. En el extremo superior de una de las ramas más rectas hay un nido perfectamente visible, que en estos días ocupa constantemente una paloma; no sé si está todavía incubando, o ya hay polluelos, pero la intervención no la ha hecho huir… El caso es que la poda ha dejado el nido completamente expuesto, expuesto al sol durante horas, a la lluvia, al viento… Temo que se haya condenado esta nidada… Desde que se perpetró la poda, hace más o menos una semana, apenas salgo al patio… No es tanto porque no tenga sombra y que me vean los vecinos, que desde luego es así… Es que no soporto la contemplación de esa criatura inocente, empeñada en una tarea que seguramente la manipulación y la desidia humanas hayan malogrado de forma irremediable. Me siento corresponsable y casi me entran ganas de ponerme a llorar…

 

 

 


2 Comentarios
Enviado por Jaime Gonzalez el viernes 15 de junio de 2018

“Hola Gerardo,aquí en Santander cuando es época de poda,y cuando esa poda tiene lugar en el jardín comunitario de la casa en la que habito,asisto visualmente con una enorme dosis de consternacion a los devastadores resultados de los trabajos de poda llevados a cabo por el jardinero contratado para tal labor,que impertérrito hacia la enorme chapuza que todos los años lleva a cabo ,destroza literalmente la flora del entorno ,llegando incluso a negar haber destrozado este o aquel árbol;es realmente alucinante ver a diario un laurel que tiene amputado de por vida un lateral por la negligencia de un chapucero.Digo todo esto porque entiendo tu consternacion e impotencia ante hechos como los que describes,aunque en tu caso podrías intentar colocar un parasol sobre el nido de esa raza de paloma que anida en tu jardín.”
Enviado por Jaime Gonzalez el viernes 15 de junio de 2018

“Hola otra vez Gerardo,cuando escribí el comentario anterior no leí el párrafo en el que hacías referencia a las podas que nos impone la vida,y es cierto ,que con el paso de los años,cada vez practicamos mas podas y no precisamente de tipo ecológico -vegetal.Un saludo desde Cantabria.”


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