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Thursday 18 de October de 2018, 18:58:13
Muga
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La palabra “muga” quiere decir en euskera límite o frontera. Ya sabemos qué es y qué supone un límite o una frontera, un trazo sobre el terreno más allá del cual nos internamos en tierra diferente, ajena, quizás incluso “incógnita”… Bueno, esto es más que matizable, desde luego… A menudo una frontera no separa terrenos diferentes, sino que sólo separa estructuras políticas y de poder diferentes, cada una de las cuales ejerce su jurisdicción sobre un terreno idéntico en ambos lados de la “muga”; esto se ve tantas veces… Pasa en las fronteras entre países, entre estados, entre comunidades, y pasa muy particularmente en las zonas montañosas, donde vas caminando y sabes que estás traspasando una frontera entre países o estados distintos porque lo has visto en el mapa antes de empezar la excursión, por nada más. Nuestro Pirineo es un ejemplo perfecto de este tipo de frontera o “muga”, porque vas caminando y tanto España, como Francia, como Andorra, como Catalunya, o Aragón o Euskal Herria son territorios casi idénticos entre sí a un lado u otro de las rayas de puntitos y crucecitas y guioncitos que has visto dibujadas en los mapas, las rayas que oficial, política y jurídicamente los delimitan… En fin, qué os voy a contar del Pirineo, al que ya sabéis que concibo como unidad y patria común, no sólo de los que hemos nacido y pacido en él y sus cercanías, sino también de aquéllos que también lo aman aunque vengan de muy lejos a descubrirlo…

http://gerardo.madteam.net/posts/2009-06/pirenaico/

 

 

 

 

A veces la frontera o límite es algo más serio que una simple convención política. A veces responde a un cambio real… No se me ocurre ahora mismo ningún ejemplo de un paisaje que cambie de forma real traspasada una simple frontera política, y sí bastantes en el caso de fronteras geofísicas, como pueden suponer un cambio de vertiente en la montaña entre solana y umbría, o entre zona climática atlántica o mediterránea… A veces coinciden ambos tipos de “mugas”, pero siempre es la segunda la que determina cambios mucho más reales que toda la hojarasca administrativa y las superestructuras que los humanos extendemos sobre el territorio sin ton ni son, solamente por el afán de sentirnos diferentes de nuestros vecinos, que paradójicamente al otro lado de la frontera suelen ser iguales que nosotros; esto de la frontera política “irreal” sucede también mucho con los ríos convertidos en fronteras administrativas, y los casos de la Noguera Ribagorçana y del Ebro (entre La Rioja y Euskadi en su parte alavesa, por ejemplo) son paradigmáticos… Y es que las fronteras políticas no solamente dejan intacto e idéntico el territorio a uno y otro lado a efectos geofísicos, sino también a efectos humanos, tanto históricos como culturales. En el caso de las montañas es clarísimo, y más en el caso pirenaico, que es el que conozco un poco. No hay más que ver cómo el euskera de Guipúzcoa se sigue hablando en el Iparralde francés o el Baztán navarro, cómo las “fablas” altoaragonesas se extienden hacia el oeste hasta fundirse con el dominio vasco parlante, cómo hacia el este se funden con el catalán noroccidental, cómo el catalán traspasa hasta la Cerdanya francesa y el Rosselló… Y cómo todas estas lenguas romances meridionales tienen su sustrato común con lo que se habla en el lado francés de la cordillera, con el gascón, el occitano y todo tipo de hablas que, si no se usan más en esta parte de Francia, es porque el estado francés lleva generaciones practicando la más radical uniformización lingüística… También en los Alpes hay fenómenos parecidos, como el francés que se habla en los cantones más occidentales de Suiza, el italiano que se habla en el Ticino suizo, el alemán que se habla en el Tirol italiano, o el francés que se habla en la Val d’Aosta italiana… En fin, ejemplos hay una pila sobre la ineficacia de las fronteras políticas para fracturar sustratos comunes, paisajísticos, históricos, culturales… Y me complace, y mucho… Seguramente esto pase en cualquier cordillera del planeta, y los que las conozcáis (que no es mi caso) podríais aportar más ejemplos.

 

 

Muga entre Italia y Suiza.

 

Esto se liga desde luego con los procesos históricos y culturales, y vuelvo al caso pirenaico: por ejemplo, el poderoso reino altomedieval de Navarra, que se extendía por ambas vertientes de la cordillera, en momentos de auge hasta Cantabria por el oeste y casi el Pallars al este. O la Corona de Aragón, tres cuartos de lo mismo… E innumerables contactos intrapirenaicos desde tiempos remotos, muy remotos… Y esto último me viene al pelo a propósito de la abundancia de topónimos vascos en tantos lugares del Pirineo, tan alejados del actual territorio vascoparlante como lo está un modesto pico catalán en los límites de la Cerdanya y Andorra, el Pic de La Muga, en el que he estado hace pocos días y que me ha inspirado lo que estáis leyendo. Hay cientos de topónimos vascos, y si os dais una vuelta por internet encontraréis decenas de publicaciones al respecto; dos de los casos más llamativos del Pirineo catalán son el de la Val d’Aran (“aran” significa valle en euskera, con lo que sería pues un topónimo redundante) o el del macizo de Biciberri, o Bisiberri, o Besiberri (que de todas estas formas lo he visto escrito), y que podría ser algo así como “vida nueva” (“bizi”, vida, y “berri”, nuevo; corregidme por favor los lectores vascoparlantes si me equivoco…). Estoy echando un vistazo “en diagonal” a algún artículo de los que os hablo, y los ejemplos son innumerables; dios me libre de haceros una lista, tranquilos, pero me salen a bote pronto topónimos tan conocidos como Bisaurín, Benabarre, Góriz, Bigorre, Bisaurri, Lladorre o Esterri… Por lo que he leído, este sustrato toponímico vasco en todo el Pirineo podría responder al hecho de que en tiempos remotos, como mínimo prerromanos, tribus de estirpe vasca habitaron buena parte de estas montañas, en ambas vertientes y quizás casi de costa a costa. Al respecto, ya los historiadores romanos describieron cómo en la época en que Roma se empezó a interesar por la Península Ibérica, las tribus vasconas vivían en un solar mucho más internado en el Pirineo de lo que sería hoy día solamente su extremo occidental y la actual Euskadi, donde entonces vivían tribus algo diferentes, los llamados várdulos y caristios (que probablemente hablaran también algo muy parecido al euskera…). En fin, más allá de estas disquisiciones y etiquetajes, a lo que iba es a poner de relieve este antiguo sustrato común que ha dejado un hermoso rastro que aún perdura, y que es una argamasa que todavía cimenta el solar común pirenaico. Y que trasciende cualquier “muga” o frontera. Y que, como pirenaico que me siento ante todo, me encanta.

 

 

Bisiberris.

 

Hablaba hace un rato de cómo a veces una frontera puede constituir un verdadero limite, un verdadero cambio a “otra cosa”, en términos fisiográficos o climáticos. Pero ahora me apetece abordar otro aspecto de la “muga”, a un nivel más inmaterial e intangible. Quizás la “muga” como límite interior, o personal, o vital… Y no sólo como un límite en el sentido negativo, de perimetrar y “cercar” tu campo vital, sino en el sentido más positivo de ser una frontera traspasable, más allá de la cual tal vez puedan abrirse nuevas perspectivas… Esto cada uno lo ve como lo ve, e incluso en ciertos momentos o contextos puede percibirlo como una cortapisa, y en otros como una oportunidad… Si en términos jurídico-políticos a menudo la “muga” es un fiasco artificial e infumable, en términos personales puede convertirse en una “muga” insalvable o bien permeable, traspasable… Dependerá del momento de cada uno, de la actitud de cada uno, de tantas cosas…

 

 

Muga entre España y Francia.

 

Bueno, el caso es que percibo en los últimos tiempos más “mugas” de las deseables en mi actividad montañera, fronteras en el sentido malo que explicaba ahora, límites que parece que ya no puedo traspasar, o que yo creo que no puedo traspasar… Jornadas de demasiadas horas en las que mis pies se resienten cada vez más, o en las que los músculos de mis piernas parecen no resistir tanto tiempo; demasiados desniveles o distancias en un mismo día, los cuales me “acojonan” y me acaban induciendo a programar actividades “recortadas”… Actividades sin nieve por macizos graníticos, que hoy en día evito concienzudamente porque me he hartado de patear escolleras, que me agotan y me parecen peligrosas… Singladuras invernales en las que cada vez me preocupa más el sobreesfuerzo que comporta caminar sobre nieve, especialmente subiendo (a menos que tenga una textura perfecta para raquetear o cramponear, lo que muchas veces no sucede o sucede durante tramos limitados)… Singladuras invernales en las que cada vez me asusta más la nieve como factor de riesgo, y más sabiendo que cada vez me cuesta más encontrar acompañantes y salgo solo (lo que reconozco que, pese a estas limitaciones, cada vez me complace más…). Singladuras en las que acabo priorizando mi disfrute, mi disfrute puro y simple, sencillo, sin más, en detrimento de objetivos más ambiciosos… Todos ellos protocolos que, desde luego, inciden en una disminución de la fe en mis posibilidades y generan una especie de “retroalimentación negativa”, ya que si me exijo cada vez menos, pierdo preparación y capacidad para afrontar retos más enjundiosos, y por lo tanto cada vez los afronto menos y me voy exigiendo cada vez menos, perdiendo preparación y capacidad… En fin…

 

 

El Pic de La Muga desde la Tossa Plana de Lles, junio de 2005.

 

Precisamente este Pic de La Muga en el que acabo de estar, un pico de 2.859 metros de altura en el extremo nororiental del sector de La Tossa Plana de Lles, al norte de la Cerdanya y muy cerca de la frontera andorrana, reúne un poco todo lo que os voy explicando. De una parte, dudo que su topónimo sea casual, hallándose casi en el límite entre tierras catalanas y andorranas, en las que, por cierto y como no podía ser de otra manera, viven las mismas personas y hablan el mismo idioma… Quizás se justifique también por su ubicación excéntrica y apartada en lo que es el alto cordal de la Tossa Plana de Lles, tratándose de un pico aislado y volcado sobre la cabecera de la Vall de la Llosa… Y también reúne el factor de “muga” como límite personal, una frontera infranqueable o permeable, depende… Al menos esta vez, para mí… Sólo había estado una vez en él, en junio de 2005, en un recorrido en el que íbamos mi Mel y yo solos, que arrancó de Cap de Rec (el punto de partida), pasó por la cima de la Tossa Plana y del Tossal de Vallcivera, y acabó en La Muga; luego volvimos a Cap de Rec por una ruta similar a la empleada ahora para subir a La Muga y volver, una ruta que flanquea largamente por las vertientes orientales del macizo de la Tossa Plana, evitando su punto culminante. Una ruta que, si en desnivel no constituye para mí aún una frontera (900 metros ascendentes y otros tantos de descenso, un desnivel muy estándar), sí tiene 17 kilómetros totales ida y vuelta, que la verdad es que hace un tiempo que no acostumbro a hacer de un tirón; y en los que me he desenvuelto más que razonablemente, si bien con un ligero “dopaje preventivo” de ibuprofeno para que mis pies no me acabaran pasando factura… Ya el hecho de que ahora me haya centrado exclusivamente en La Muga, renunciando al cordal completo desde la Tossa Plana (en la que he estado bastantes veces), revela que la fe en mis capacidades no ha sido la misma que hace trece años: he querido priorizar La Muga, no fuera que una vez en la cima de la Tossa Plana no me hubiera visto con ánimos de continuar hasta ella y se hubiera quedado en el tintero… Y una vez en su cima, desde luego no me he visto con ánimos de volver “por arriba”, acumulando más desnivel (que no distancia, creo yo), y me he acabado volviendo por donde he subido.

 

 

El Pic de La Muga invernal, el triángulo del centro, visto desde el Puigpedrós. A la izquierda y más atrás, la Tossa Plana de Lles.

 

Pues bueno, al menos esta vez La Muga ha sido un estímulo para superar alguna de mis “mugas”, afrontando una excursión más larga de lo que acostumbro a hacer últimamente. No siempre va a suceder así, lo sé… O sí… Y sólo os he hablado esta vez de mis “mugas” montañeras, no de mis “mugas” personales o vitales (que acaso sean las mismas o muy parecidas…). Y tampoco he pretendido hablaros de política, faltaría más, que cada uno piense lo que le apetezca… Venga, que ya os dejo tranquilos…

 

Gero arte.

 

 

El pic de La Muga otra vez desde la Tossa Plana, esta vez en setiembre de 2014.

 

 

 



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