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martes 24 de marzo de 2015, 15:21:55
Treinta febreros
Tipo de Entrada: CUADERNO | 1 Comentarios | 1299 visitas

 

Amanece sobre el Tobacor en diciembre de 2009.

 

Sí, treinta febreros... Este febrero de 2015 ha supuesto el treinta aniversario de algunas cosas muy importantes para mí, y os las explicaré brevemente, si me permitís. Son concretamente dos conmemoraciones de dos hechos en principio independientes entre sí, pero que coincidieron en el tiempo y que quizás tuvieron en ese momento una vinculación digamos “psicológica”, aunque sin duda cada uno de ellos arrancó dos líneas netamente distintas de mi vida, dos líneas que no se han cruzado entre sí, desafortunadamente, pero que son con seguridad los dos pilares que sostienen mi vida y que siguen por el momento en pie, con sus vacilaciones y transformaciones pero todavía en pie...

 

En Cuello Gordo en diciembre de 2009, bajo el esplendor de las Tres Sorores, con el Monte Perdido en el centro.

 

A primeros de febrero de 1985, el día 9, ascendí mi primer tresmil, el Monte Perdido. Quizás os leísteis mi post “30” de este pasado diciembre, donde daba cuenta de mi estreno montañero en otoño de 1984... Pues pocos meses después, todo aquello se concretó en un primer proyecto potente y exitoso como fue este primer Perdido. A finales de diciembre, y con la colla habitual de Vicenç y el K2 de Viladecans, ya habíamos intentado una Pica d’Estats desbordada de nieve por la vía normal de Vallferrera, un intento agotador que no nos permitió pasar del Port de Sotllo. Eran tiempos en los que afrontábamos la nieve a pelo, sin raquetas, y de verdad éramos o héroes o insensatos... Pero un mes y pico más tarde se materializó el siguiente asalto a un tresmil, el tremendo y prestigioso Monte Perdido que ya habíamos tanteado incautamente desde Pineta en octubre del 84.

 

En diciembre de 2009 desde la cima, mirando hacia el sudeste. En la mitad izquierda, el valle de Pineta.

 

Nos plantamos en la pradera de Ordesa a última hora de la mañana del 8 de febrero, con la carretera limpia de nieve justo hasta el párking, después de traquetear con mi primer Polo cargado a tope por aquellas carreteras casi tercermundistas de entonces, carreteras generales y locales acribilladas por los baches; una ruta que a los más jóvenes les puede resultar de los tiempos de Henry Russell, porque era la N-II pura y dura a partir de Martorell, luego la general Lleida-Huesca, muy recta pero que parecía haber sido bombardeada; y con el “postre” de la carretera de montaña (el Puerto del Pinar, o del Pino, creo) entre Barbastro y la Aínsa, porque no existía todavía la ruta actual junto a los embalses... Salimos de Barcelona tan temprano que ya ni recuerdo la hora, pero lo cierto es que conseguimos estar desayunando unos huevos fritos en la Aínsa a media mañana, toda una gesta. Allí estábamos Jordi/Iosu, Pep, Emiliano y yo mismo, “los cuatro jinetes del Apocalipsis”, ya bajo la mirada atenta y amorosa de nuestra montaña....

 

El Perdido visto desde Mediano, en las proximidades de La Aínsa.

 

Aquel almuerzo cumplió a fondo su cometido, porque empleamos más de seis horas en alcanzar el Refugio de Góriz, ya de noche, tras una aproximación casi enteramente nevada... y por supuesto sin raquetas. Una aproximación a ratos extenuante, sencillamente extenuante, pero a la vez extremadamente estimulante: era la primera vez que nos adentrábamos en el corazón de Ordesa, la primera, y de qué manera lo estábamos haciendo... Como auténticos montañeros. El cansancio se alternaba con el éxtasis de la contemplación, en una danza hermosa y extraña que no he experimentado muchas veces después: uno ya va mejor equipado, programa mejor y tiene los ojos cada vez más acostumbrados a las maravillas que acompañan su singladura... Lugares míticos de la cosmología pirenaica que no conocíamos, como el Circo de Soaso y sus clavijas…

 

En el Circo de Soaso en marzo de 2005.

 

Mati en las clavijas de Soaso, un rato más tarde.

 

Llegamos a un Góriz en el que prácticamente sólo estaban los guardas, tras trasegar a oscuras el último rato bajo una débil nevadita. A la mañana siguiente, nos ponemos en marcha hacia arriba un poco tarde y sin prisas, porque sigue nevando suavemente a ratos y la parte alta del macizo está copada por las nubes; pero la méteo parece que ha de ir a mejor... En fin, que salimos a verlas venir, y con esa energía que sólo la ilusión máxima puede catapultar desde el fondo de tu corazón... Es cansada, muy cansada, esta progresión sobre una nieve en la que nos hundimos un poco, y vamos avanzando dentro de la nube, con las únicas referencias de unas pocas trazas aisladas, alguna roca o algún hito alto, y luego la de la próxima pared a nuestra derecha. Nos alternamos en abrir huella, aunque el grueso de la tarea se lo come Emiliano, el más fuerte de los cuatro sin duda (y el más experimentado en montaña, un chico de Ansó que estudiaba arquitectura en Barcelona con Pep y Iosu, y al que no he vuelto a ver desde entonces...). En un momento dado, el cielo comienza a abrirse despacio pero claramente, hasta el punto de mostrarnos su azul ya antes de llegar al Lago Helado. Por encima de él, el tramo final de la canal hacia la cima se yergue reluciente, con toda la roca cubierta de nieve fresca, un espectáculo que se clava en mi alma como pocas cosas lo han hecho nunca.

 

Pep y yo aproximándonos a la canal desde el Lago Helado, en abril de 2011. Al fondo, La Escupidera.

 

Y aunque es tarde seguimos, claro que seguimos... Estamos cansados de abrir huella hasta aquí, pero está despejando y vamos a volver a dormir en el refugio, o sea que nos quedan horas operativas... Es irrenunciable... Y nos metemos en ello, abriendo huella en la canal y La Escupidera, una huella más o menos honda y que, quizás, hoy día indicaría cierto riesgo que en ese momento ni valoramos ni por suerte padecimos.

 

Mati remontando La Escupidera en marzo de 2005.

 

Y yo remontándola en diciembre de 2009.

 

Detalle de Pep remontando La Escupidera en abril de 2011.

 

Hicimos cima muy tarde, pasadas las dos del mediodía, pero daba igual, y tanto que daba igual. Estábamos allí, y yo personalmente estaba como en una nube, en una dimensión diferente, en un universo paralelo... El Pirineo a nuestros pies, deslumbrante de nieve y de sol, nos hacía sentir partícipes de algo que por supuesto he vuelto a experimentar más veces, pero que nunca sé explicar muy bien de qué se trata... Algo que está ahí, algo que sucede y te envuelve... Y algo que, aquella vez, era la primera vez…

 

Mati y yo en la cima en marzo de 2005.

 

Pep y yo en la cima en abril de 2011.

 

Diciembre de 2009. ¡Pura vida!

 

Bajando la canal de La Escupidera, que impresiona en descenso y más a un novato, hicimos el primer encordamiento en “ensemble” de nuestra historia alpinística, seguramente deficiente por muchos motivos y que, quizás, nos hubiera arrastrado a todos si alguien hubiera tenido un percance... Y no es que mis “ensembles” posteriores, generalmente en los Alpes, hayan mejorado en exceso, seguramente... Bueno, al menos luego aprendimos a no engancharnos masivamente a la misma cuerda, sino de dos en dos, máximo tres, y a ir en corto, con cuerda sobrante en la mano y atentos al piolo como si la vida nos fuera en ello... Aunque reconozco que todavía no he tenido que probar la eficacia protectora de un “ensemble” en una situación de emergencia real...

 

Sobre La Escupidera, en diciembre de 2009.

 

Y en plena bajada, en abril de 2011.

 

Pero tanta montaña, tanta montaña... Estoy casi olvidando el otro hecho capital de mi vida que sucedió por entonces, en aquel lejano febrero de 1985, hace treinta años. Como he dicho al principio, se trata de una conmemoración tan vital como mi estreno tresmilero, pero que no tiene nada que ver con él, aunque no niego tal vez alguna relación entre ambas cosas; relación superficial, porque al fin y al cabo de lo que voy a hablar ahora también es un “ensemble”, y relación más profunda…. Y es que a finales de ese mes empecé a salir con Ana, y acabó siendo una cosa tan poco banal que todavía seguimos juntos. Igual que con la montaña, cuyos contactos mantenía con cierta seriedad y regularidad desde otoño de 1984 (como os expliqué en mi post “30” hace poco), en este caso también hubo ciertos prolegómenos que venían de unas cuantas semanas atrás, sí, quizás del otoño también... En el primer párrafo de este escrito he hablado de “vinculación psicológica” entre ambas cosas, sí, por qué no decirlo así... Quién sabe, tal vez mi confirmación montañera de primeros de mes dio alas a mi audacia, una audacia que no acostumbraba a esgrimir en asuntos del corazón... Buf, menudo mes de febrero, tela marinera... Desencadenó dos procesos que siguen en marcha, paralelos pero independientes, porque casi nunca se han cruzado entre sí, y es que a Ana esto de la montaña le interesa lo justo… Procesos ambos con sus altibajos, desde luego, pero todavía en marcha... La cordada aún no se ha despeñado, sigue adelante, pese a las deficiencias y peligros del “ensemble”, sigue adelante...

 

Nuestra foto conmemorativa, tomada en Cadaqués el pasado noviembre, el día del cumple de Ana.

 

Y sigue amaneciendo sobre el Tobacor...

 

 

 

PD.- Bueno, ya veis que no he colgado ninguna imagen de aquella primera ascensión en este post. Tengo diapositivas de aquello, la mayoría de ellas en casi perfecto estado, pero de momento no las he llevado a digitalizar; puedo ser tan perezoso... Cuando lo haga os las colgaré, lo prometo. De momento, las imágenes que habéis visto son de mis tres últimas ascensiones al Monte Perdido, cuando ya disponía de cámaras digitales: marzo de 2005, con Mati, diciembre de 2009, con Antonio, y abril de 2011, con Pep (os enlazo al final las galerías completas de las dos últimas). Antes de eso hubo seis más, la primera la inaugural de febrero de 1985. He preferido ilustrar el texto aunque sea con fotos mucho más modernas, porque si no lo acabaría colgando dentro de un tiempo y ya no tocaría como conmemoración… Además, he mejorado algo como fotógrafo en todo este tiempo… aunque buena parte de las fotos que he colgado no las saqué yo, como puede comprenderse al verme en ellas...

 

PD y II.- Confío en materializar esta primavera mi ascensión conmemorativa al Monte Perdido, como hubo la del décimo aniversario en marzo de 1995, con Ferran y Pep, y la del vigésimo aniversario en marzo de 2005, con Mati, y de la cual os he colgado alguna imagen aquí. Espero estar pronto caminando por allí arriba…

 

Pues eso, lo dicho...

 

PD y III.- No sólo le tengo especial cariño al Monte Perdido por haber sido el primero de mis amores montañeros, sino que es el más hermoso, el más bello y personal, y además tengo cerrado con él hace muchos años un pacto muy especial: http://gerardo.madteam.net/posts/2008-04/la-identidad-perdida/



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1 Comentarios
Enviado por Fern el miércoles 25 de marzo de 2015

“¡Felicidades por ese doble 30 aniversario! No sé en cual de los dos casos es más sencillo llegar a esa cifra.”


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