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martes 25 de noviembre de 2008, 11:12:22
El fuego de La Coma
Tipo de Entrada: CUADERNO | 18 Comentarios

 

 

 

Pues bueno, después de pasar por allí a mediados de este mes de noviembre, el caso es que ya he estado un montón de veces en la cabaña de La Coma, y casi siempre ha habido algo, una circunstancia, una compañía, una situación, que ha hecho de la estancia algo para recordar, a veces pequeños detalles pero siempre diferentes de lo habitual. A parte de la belleza del lugar, La Coma es uno de los accesos a uno de los mejores miradores del Pirineo, en mi modesta opinión, uno de sus picos más grandiosos, del que siempre me he llevado muy buenas sensaciones... Sí, incluso cuando se me ha resistido, como me ha pasado un par de veces, la última hace apenas diez días. Si me dejo llevar por mis venadas habituales, acabaré pensando que hay algo en este lugar que lo hace distinto... ¿A ver si va a ser cosa del fuego de La Coma?

 

 

 

El abedular, ya cerca.

 

 

“El pequeño cortejo avanza por la senda que asciende suavemente

entre los avellanos, entre los abedules, entre la primera nieve otoñal.

En la huella se acumulan las preciosas hojas triangulares

de esos árboles bellos, resistentes y tímidos,

tanto que siempre cubren sus cuerpos

con una sutil gasa blanquecina,

como renegando de su natural desnudez.

Tras el bosque desembocan en un amplio rellano al fondo del cual

las montañas blancas se muestran como un prodigio

invocado por el chamán, que preside el cortejo.

Se aproximan a la pequeña cabaña de piedra y sólo él

y dos de sus acólitos

penetran en el interior, oscuro y frío.”

 

 

 

La magia del chamán, desde el collado de la Cabaña.

 

 

 

Mi primer Perdiguero lo hice por aquí, a fines de abril del 90, con una cantidad espectacular de nieve todavía. Para remate, Pep y yo habíamos pernoctado en la entrada del valle, junto al coche, y se nos “ocurrió” intentar el pico de un tirón, con sus casi 1.900 metros de desnivel así, por las buenas. Y no arrancamos exactamente pronto, no, porque a eso de las 10 de la mañana llegábamos a la cabaña, la primera vez que estábamos en ella, y nos encontrábamos con un grupo de madrileños que también querían subirlo, ¡pero aún estaban por ahí, que si arrancamos, que si no sé qué...! Joder, debe ser que éramos jovencitos, digo yo, porque a pesar de la hora, del sol de mayo y de que había nieve ya apenas a 2.000 metros, muy poco por encima de la cabaña, en unos pocos minutos de hablarlo nos pusimos todos de acuerdo en tirar para arriba, al menos a verlas venir. Y por supuesto a bota desnuda, que el mundo de las raquetas era todavía por entonces un misterio por resolver...  Nos peleamos como bestias con la nieve honda, alternándonos para abrir huella, pasando por encima de numerosos rastros de alud en el flanqueo ascendente bajo el Perdigueret (...bueno, parecía que ya estaba casi todo purgado, en fin... Tal vez fuera cierto, porque no vimos caer nada de nada...). Agotados en el collado Obago, y siendo ya las dos de la tarde, recuerdo que nos hartamos a galletas y seguimos para arriba, siguiendo con la alternancia delante y echando las papas... Hicimos cima bien pasadas las cuatro de la tarde, ya bajo el crecimiento de algunas nubes de evolución que me impidieron apreciar totalmente el mirador pirenaico de primera magnitud que es este pico (luego he podido comprobarlo tranquilamente varias veces, por suerte). Bajamos a toda pastilla por las pendientes nevadas de debajo del collado, lo recuerdo, como rebecos eufóricos y endomingados, pletóricos de confianza, de satisfacción, invencibles... (y sí, tal vez también insensatos...). Y acabamos compartiendo la cabaña por la noche con nuestros eventuales compañeros (cinco o seis más o menos, dos de ellas chicas, y un perrillo... No creo que todos subieran, porque no tengo al perro en las diapos de la cima...). El esfuerzo brutal y compartido de la jornada y la sintonía nos hicieron tratarnos como amigos de toda la vida, y eso fue fantástico, de verdad. No recuerdo el nombre de ninguno, pero aparecen en muchas de mis diapos y recuerdo que pertenecían a una especie de agrupación, tal vez más política que excursionista, que se llamaba “Marx Madera”, dependiente de Izquierda Unida o del PCE, si no recuerdo mal. No he vuelto a saber nada de ellos, pero tal vez algún montañero madrileño que lea esto podría ponerme al día... Dejaron una pegatina de la agrupación en la ventana de la cabaña, que hace ya mucho que no está. Por cierto, al día siguiente Pep y yo nos largamos a la Besurta y nos marcamos un Aneto imponente que nos dejó la piel de la cara hecha trizas. ¡Cosas de la juventud! No recuerdo ahora mismo que encendiéramos el fuego en la rústica chimenea de La Coma, pero, si no lo hicimos, es como si lo hubiéramos hecho, porque se produjo una química estupenda entre todos nosotros. ¡Por la montaña hacia la hermandad universal, qué cojones...!

 

La Coma aquel abril del 90. Esto es el escáner de una còpia muy deteriorada en papel de la diapo original... No queda muy bien... Es lo que tiene no tener escáner de diapos en casa.

 

 

 

Y también de entonces, remontando por encima del Collado Obago con los valles de Lliterola y de Cregüeña al fondo. Pep va el último, y por delante la gente de Marx Madera.

 

 

 

“La respiración agitada del viento afirma al exterior

que ése es su territorio, que es su casa y su feudo, que es el amo...

El chamán la escucha reconcentrado, con la mirada fija

en la pinaza y las ramas

que acaba de colocar lenta y cuidadosamente en el hogar de la cabaña.

Recita en un grave tono monocorde algo parecido a un mantra,

tal vez una antigua oración aprendida

de los que le precedieron en el conocimiento.

Y la cabaña permanece fría y oscura.”

 

  

 

Otra vez, hace ya mucho, en el puente del Pilar del 93, también acabé en La Coma. Habíamos subido a los Clarabides desde el refugio de Estós el día anterior, con un día muy malo y una cantidad enorme de nieve recién caída. Recuerdo también a una pareja que nos encontramos por el camino y con los que nos alternamos en abrir huella hasta arriba, pero hubo menos “feeling”, tal vez porque Estós estaba abarrotado y había poca intimidad. Pero la despersonalización no era tanta como para que mi amiga Mati, durante la cena, no se subiera casi a la mesa para saludar a gritos a su amigo Roger, al que divisó en el otro extremo del comedor y con el que había compartido no hacía mucho el “Camino del Inca”, por las Américas (por cierto, que este Roger, a quien no he vuelto a ver, es el hermano de Araceli Segarra, por entonces casi una desconocida... Ah, un contacto que no he sabido aprovechar ni siquiera para conocerla personalmente, qué desastre...). Tras las presentaciones y los espavientos de rigor, nos conjuramos para intentar el Perdiguero al día siguiente. La méteo era una caca y las condiciones de esta nieve primeriza, recién caída, eran un asco, pero supongo que teníamos muchas ganas... Madrugamos decentemente y nos encaminamos desde Estós hacia La Coma bajo la lluvia, yo personalmente con la idea de darme un paseíto más que otra cosa... Al llegar a la cabaña, Roger y su colega se entestaron en probarlo, y se perdieron monte arriba dentro de la nube omnipotente que lo cubría todo y descargaba sin tregua. Mati, Pep y yo optamos sensatamente, después de la paliza del día anterior, por quedarnos en la cabaña, charlando con unos pastores ya maduritos que estaban por allí pendientes del ganado. Al principio hacíamos apuestas entre nosotros por acertar lo que tardarían Roger y su colega en aparecer, escaldados por la méteo, pero la verdad es que tardaban... Entre tanto charlábamos con los pastores, que eran de Benasque y hablaban entre ellos en “benasqués”, o “patué” creo que le llaman también, algo muy parecido al catalán, la verdad. Me pareció bastante distinto de la “fabla” altoaragonesa de otros valles más occidentales del Pirineo aragonés, o del “grausino”, que he conocido también de primera mano: el “benasqués” me resultaba mucho más comprensible. Tenían la chimenea de la cabaña a todo trapo y nos ofrecieron vino y algo de embutido. La verdad es que se estaba de fábula en ese entorno oscuro y húmedo, charlando al calor del fuego con unos buenos tragos de vino y esperando a que los amigos de Mati decidieran afrontar la realidad... Recuerdo cómo en un momento determinado de la conversación salió a colación que Mati es veterinaria (no lo sacó ella, siempre ha sido muy discreta...), y además especializada en caballos, y cómo brillaron a la luz del fuego de La Coma los ojos de aquellos hombres sencillos y afables cuando los clavaron en ella. Creo que estaban impresionados, la verdad, de que una chica joven se dedicara a estas cosas... Al fin y al cabo, hoy en día para un ganadero un veterinario es alguien importante... Aprecié en ellos una mezcla de respeto y curiosidad, como diciendo “caramba con la chiquita...”. Incluso salió a la conversación algún tema profesional, pero brevemente, como de pasada, entre otras muchas cosas variadas que íbamos comentando. La verdad es que estuvo bien compartir ese largo rato con los pastores de La Coma, y compartir su vino y su fuego. En un par de horas aparecieron Roger y su amigo empapados hasta el tuétano, cómo no, y eso dio pie para un rato más de terapia curativa junto al fuego de La Coma antes de volver para casa.

 

 

 

 

 

 Llegando a la cabaña el pasado 15 de noviembre.

 

 

 

“ En verdad que sois señor y yo vuestro servidor

- se oye murmurar al chamán en medio de su monodia incomprensible.

Por un momento el aullido exterior parece amainar casi del todo,

como en una especie de manifestación de complacencia con los ruegos

vertidos ante el hogar de la cabaña, todavía fría y oscura.

Los dos asistentes del chamán presentes en el ritual,

apenas iniciados en el conocimiento, casi se estremecen,

más por el repentino silencio que por todo el ululante despliegue anterior,

porque ese silencio sobrevenido se les antoja una muestra

de deliberada quietud

quizás premonitoria del definitivo estallido.”

  

 

 

En octubre del 94 volví a recalar en La Coma con Pep y Eduardo, en una ascensión placentera y perfecta que no deparó nada extraordinario salvo el enorme placer del éxito, con el monte nevado moderadamente poco antes del Collado Obago y una atmósfera luminosa que me insertó por fin en el impresionante ombligo pirenaico que constituye esta cima. Ah, y el descenso en travesía por el valle de Lliterola, que entonces todavía no conocíamos y que luego hemos recorrido más de una vez.

 

 

Una diapo escaneada del panorama soberbio desde la cima del Perdiguero aquel octubre del 94.

 

 

 

“ Maestro, la montaña vuelve a hablar... – dice uno de los asistentes,

a lo que el chamán responde levantando con autoridad su mano derecha.

Con ese gesto parece querer detener más el renovado estruendo del viento

que las balbuceantes palabras de su discípulo.

 Y vuelve a la monodia intraducible, sombría, casi agobiante,

con la mirada obsesivamente fijada en el hogar de la cabaña,

todavía fría y oscura.”

 

 

 

Más tarde, en octubre del 96, volví a compartir La Coma y su lluvia con Mati, y con su amiga Blanca. Yo tenía la intención inicial de subir al Perdiguero por la cresta de Gargallosa, muy sencilla pero, como comprobaría pocas semanas después, muy aérea en algún punto. La verdad es que fue una suerte que el tiempo nos traicionara como lo hizo, adelantando a la madrugada del domingo un frente que había de pasar por la tarde: Mati se hubiera desenvuelto creo que bien, pero Blanca, a pesar de su excelente forma física, quizás estaba poco rodada para un terreno como ése (y eso que la había visto pasar con una soltura estupenda por un Paso de Mahoma muy nevado no mucho antes...). En cierta manera aquel fin de semana iba ya lastrado por los imponderables, porque recuerdo que el sábado por la mañana Blanca alquiló unas botas en Barrabés, y resultó que cuando se las puso por segunda vez, a punto de arrancar a caminar en la entrada de Estós, se dio cuenta de que le hacían daño. Cogimos el coche y bajé con ella a toda pastilla hasta Benasque porque eran casi las dos de la tarde y Barrabés iba a cerrar, y conseguimos que le dieran un número mayor. Luego, en la aproximación, pasada la palanca de La Ribera que cruza el río después del desvío del GR, me dejé llevar por las obvias trazas que flanquean por los pastos y los corrales del otro lado, hasta que me di cuenta un poco tarde del error: el sendero de La Coma gira bruscamente a la derecha muy poco después de la palanca, y hace unos zigzags antes de flanquear suavemente hacia el noroeste, hacia el collado donde está la cabaña. Bueno, al final remontamos a plena pendiente el avellanedo y el abedular hasta empalmar con el sendero bueno, ya muy cerca de la cabaña; empleamos más de dos horas y media en hacer un recorrido de poco más de hora y media (Por cierto, que este fin de semana de noviembre he estado a punto de cometer el mismo error, aunque lo he podido rehacer mucho antes y con una mínima pérdida de tiempo; y el grupo con el que he hemos compartido refugio lo cometió a fondo y se presentó en la cabaña a las nueve de la noche, tras horas de trasiego). Además, aquel día la cabaña ya tenía siete ocupantes, y recuerdo que yo acabé durmiendo en el suelo (lo cual no supone un gran cambio, ya que, al fin y al cabo, las plataformas para dormir también están recubiertas de baldosas…). Bueno, al día siguiente yo iba controlando desconsolado el estado del cielo desde las seis de la mañana, hasta que a eso de las once recogimos nuestros bultos y empezamos a bajar aprovechando que al menos había dejado de llover. Qué se le va a hacer. No recuerdo que se encendiera el fuego de La Coma… Quizás por eso las cosas fueron como fueron…

 

 

 

 

 

 

"Y por fin, en medio de la cabaña fría y oscura, se entiende con claridad

la plegaria del chamán, que balancea la cabeza rítmicamente,

adelante y atrás

mientras va desgranándola despacio, como en trance.

- ¡Oh, Madre!, ¡Oh, Principio y Fin...!

Te ofrecemos nuestra vida y nuestros anhelos

para que los acojas y propicies la Unión...

Te ofrecemos nuestra ambición, nuestras envidias, nuestras rencillas,

nuestro afán de dominación sobre tu sagrado solar...

Renunciamos a nuestra rapacidad y a nuestra agresividad

para con nosotros y para contigo, y así poder obtener de ti la Unión

y un transcurrir feliz y perdurable por esta vida que nos has dado...”.

 

 

 

Sólo un mes más tarde, Pep y yo volvimos a La Coma para rematar el trabajo, esta vez con una méteo espléndida y la montaña casi seca hasta arriba por la vertiente sur, lo que nos permitió recorrer sin ningún riesgo la cresta de Gargallosa. Con el añadido de que, por primera vez, transitamos por la arista norte del pico hasta el Collado superior de Lliterola y alargamos la jornada hasta el Pico Royo y la Punta de Lliterola. Como escribí entonces en mi relato-reseña, atravesamos el Perdiguero limpiamente de sur a norte como una flecha certera lo haría con una suculenta manzana. Fue una jornada deliciosa e iniciática, porque nos mostró nuevas posibilidades en torno a esta montaña imponente, posibilidades que hemos explotado más tarde, ascendiendo a la cima por la arista norte desde el valle de Lliterola, o volviendo al Royo y la Punta de Lliterola.

 

 

 

 Allí al fondo la Baquo y Perdiguero parecen bendecir este paraje. Quizás los ruegos del chamán tengan éxito...

 

 

 

“¡Oh, Madre! ¡Oh, Principio y Fin! Renunciamos a nuestro egoísmo,

a nuestra mezquindad, a nuestro odio, a nuestro yo disgregante...!

Escuchamos al viento, tu emisario, el sonido de tu voz desatada,

quizás encolerizado con nuestras pequeñas existencias

que tan insensatamente te desafían,

buscándose nada más que la perdición final. –

Y los discípulos, con los ojos brillantes,

sienten cómo el sonido de la plegaria del chamán

va fundiéndose con el viento ululante y va penetrando

por cada uno de sus poros,

en la cabaña fría y oscura.”

 

 

Hasta abril del 2001, con Pep y Mati de nuevo, no volví por La Coma. Cargábamos la tienda porque pretendíamos instalarnos en los rellanos que hay más arriba, a dos mil y pico metros de altura, pero la verdad es que algunos contratiempos nos hicieron llegar a la cabaña un poco tarde. Contratiempos como el vino que bebimos a discreción en el almuerzo de Benasque antes de la aproximación, o como los ataques de sueño “letárgico” que padeció Mati durante la subida, lo que provocó que les esperara en la cabaña más de una hora (he de decir en descargo de Mati que acababa de llegar de Asia en un viaje larguísimo lleno de escalas y desfases horarios, y llevaba mucho sueño atrasado... No todo es achacable al somontano...). Nos instalamos estupendamente en la cabaña, donde había un par de madrileños (casualmente dos joses) y un badaloní que iba solo. Pasamos una tarde tranquila y agradable, y recuerdo el mucho rato que hablé con el catalán, que dio la casualidad que vivía en un bloque en el paseo marítimo de Badalona por el que paso cada día con el tren cuando voy y vengo del trabajo. A la mañana siguiente tiramos para arriba con los madrileños (el de Badalona quería ir al Pico de Estós, más próximo, y creo que ya no le volvimos a ver). Encontramos ya nieve primavera a partir de 2.200 más o menos, y acabamos metidos en la nube ya en la cota del Collado Obago; de hecho, según la méteo habría de perseguirnos durante la jornada un progresivo cambio de tiempo que parecía haberse adelantado un poquito. En fin, seguimos para arriba, poco a poco desmantelados por los ritmos diferentes (uno de los madrileños iba como un tiro, el otro iba más o menos como yo y Pep flaqueaba un poquito, mientras que Mati había decidido quedarse en el collado; además, se nos unieron tres más que venían de Estós, creo recordar). La visibilidad era muy escasa, pero no hacía viento ni precipitaba, aparte de que había algo de huella trazada, al menos para indicar el camino, y en un momento dado me encontré avanzando solo y a oscuras por el plano lomo cimero. Esperé algún rato a Pep, pero hacía frío y me estaba impacientando. Entre tanto, llevaba por delante al madrileño más fuerte y al grupo de tres, con los que me crucé cuando decidí seguir para arriba yo solo. Estuve en la cima apenas cinco minutos, en un día tristemente impropio para uno de los mejores miradores del Pirineo. Sólo veía el extremo de una cruz sobresaliendo de la nieve, y mira que no recuerdo ahora que haya ninguna cruz en la cima del Perdiguero... Empezado el descenso me crucé con Pep, que seguía lento pero seguro mi traza. Estaba apenas a veinte minutos de la cima, pero decidió bajarse conmigo porque dijo estar hasta el moño de no ver un pijo... Y era verdad, aunque yo estaba dispuesto a esperarle allí mismo hasta que bajara de la cima. Más abajo, y siempre a oscuras, nos topamos de golpe con las siluetas del grupo de tres, detenidos en medio del lomo cimero, allí donde empieza a inclinarse. Bien, decidí tomar el mando de las operaciones cuando confesaron sentirse desorientados: al fin y al cabo este terreno ya empezaba a resultarme familiar después de unas cuantas veces de transitarlo. Unas referencias de brújula y altímetro y, sobre todo, el recuerdo del terreno y el instinto, nos dejaron sin novedad en el Collado Obago, ya por debajo de la capa de nubes. Desde allí seguimos para abajo sin mayores problemas, salvo una ligera nevada que nos cayó durante un buen rato. Mati nos esperaba en la cabaña de La Coma con una maravillosa sopa de sobre recién preparada, un auténtico placer de dioses... ¡Qué importantes son estas pequeñas cosas allí arriba! Acabamos bajando al coche y a Benasque bajo una lluvia suave y norteña, una delicia sutil como la negrura matizada del cielo. Tampoco recuerdo que encendiéramos la chimenea de la cabaña, pero es probable que la sopa de Mati hiciera las veces, que oficiara como “médium”, como vehículo sagrado en la comunión con la montaña y con nuestros eventuales camaradas.

 

 

 

 

El viento se arremolina en las puntas de La Baquo.

 

 

 

“Y el chamán detiene de golpe su plegaria y extiende poco a poco

las manos temblorosas sobre el hogar de la cabaña, todavía fría y oscura.

Los discípulos casi se sienten desfallecer ante este silencio absoluto, total,

porque ni el viento parece tener nada que decir afuera,

en sus dominios, en la montaña.

Y tras una larga espera con los dedos extendidos

sobre el hogar de la cabaña,

el chamán prosigue.

- ¡Oh, Madre! ¡Oh, Principio y Fin!

¡Te imploramos compasión a cambio de nuestra arrogancia,

te imploramos generosidad contra nuestra pequeñez!

¡Te rogamos humildemente por nuestras miserables vidas,

pues al fin y al cabo también nos sentimos tus hijos,

como los sarrios, las nubes o la nieve!

Y como muestra de tu bondad, te imploramos nos concedas el fuego

a cambio de nuestra entrega a la causa común de la vida,

como prueba de que todavía nos consideras hijos tuyos,

merecedores de ella.”

 

 

 

Bueno, y la última ha sido el fin de semana del 15 y 16 de noviembre, hace apenas diez días, con Judit y Xavier. Pensando en la cantidad de gente que se mueve cada vez más por la montaña, y en la vez en que Pep y yo dormimos en la entrada de la cabaña, casi por los pelos (y no recuerdo ahora mismo cuándo fue, quizás la primera, con los de Marx Madera...), esta vez hemos decidido subir la tienda por si las moscas... (bueno, la ha subido Xavier, que para eso es más joven que yo, aunque yo me he encargado de los cacharros de cocina y del infiernillo...). La verdad es que, pese a la bondad de la méteo, nos hemos encontrado la cabaña vacía, como hace un mes en el refugio libre de Viadós... Esto me hace ser optimista respecto de las aglomeraciones crecientes en la montaña, a veces más que evidentes... Hemos pasado una tarde relajada y deliciosa, buena parte de ella metidos en la cabaña, porque hacía fresco afuera y conseguimos encender un fuego de primera en el interior, un fuego de más de tres horas de calidez y magia... Y es que poco hay más fascinante que la contemplación del fuego, de su baioleto aleatorio, acompañado por el tenue crepitar de la leña, por el siseo de las vetas de la madera entregadas a la llama transformadora, mientras afuera soplan las ráfagas irregulares pero intensas de norte. Y yo, que no en vano recalé durante muchos años en una casa con chimenea, me encargo del cuidado de ese fuego de La Coma como si fuera un oficiante de cultos ancestrales, como si fuera un chamán... Después de la cena y de algunos aportes suplementarios, llegamos a hacer disquisiciones metafísico-filosóficas que acaban con un misterioso “¿Gerardo, estás inquieto?” por parte de Judit “Comhofaelvent”, una pregunta que aún no he acabado de comprender ni mucho menos de responder de verdad, aunque en ese momento contesté un “no” bastante convincente, probablemente a ciegas. A eso de las nueve nos instalamos a dormir en la parte de arriba del dormitorio, y apenas unos pocos minutos después aparece un grupo que intenta entrar... Como hemos bloqueado la puerta con un taburete para que no la abra el viento, les grito desde el saco que aparten el taburete y que entren... Pienso, “ya está, otra vez el camarote de los hermanos Marx...”, pero preguntan desde la entrada que cuántos somos y les decimos que tres, y ellos contestan que muy bien, que son cinco y que caben sin problemas en la parte de abajo, y que van a picar alguna cosa sin hacer ruido y se van a dormir, porque se han perdido subiendo pero quieren madrugar. “Como nosotros”, contestamos desde nuestros sacos. La verdad es que apenas molestan, y eso que son cinco y el espacio de la cabaña es francamente pequeño. Me duermo casi de inmediato, y al día siguiente, tras despertarnos todos a las cinco y salir en dos oleadas, acabamos coincidiendo en la remontada cansina hacia el Collado Obago, por una nieve abundante y poco asentada todavía, caída hace demasiado poco... Y también comparto con ellos la decisión de darnos la vuelta en el collado, quizás demasiado “prudente” pero que, al fin y al cabo, fue la que se tomó entre todos. Resulta ser un grupo de gente que vive en Zaragoza pero de procedencias diversas, como por ejemplo un francés que ha vivido muchos años en Argentina y que sube como un tiro (veinte minutos nos saca a los demás en el collado), o un bilbaíno, o un fumador como yo, o un productor aficionado de estupendo patxarán casero... Si por casualidad leen esto, un abrazo para todos ellos. Y lo más importante es que, a su llegada a la cabaña, avivaron nuestras brasas para poder disfrutar un buen rato más del fuego de La Coma. 

 

 

 

Aquí estamos con los de Zaragoza, recogiendo tranquilamente. Si os fijáis, en medio de la hierba, más o menos en la línea de la ventana, la botella de patxarán... ya algo menguada.

 

 

 

“En apariencia agotado, el chamán aún mantiene sus brazos y sus manos

extendidos sobre el hogar de la cabaña, fría y oscura.

La voz del viento se va transformando en un sonido

por momentos más agudo, una voz siseante y penetrante

que pone de punta el vello de los discípulos.

Su intensidad sube y sube hasta más allá de lo tolerable

y volverse inaudible.

En un último esfuerzo supremo, el cuerpo entero del chamán

es recorrido por una convulsión, y,

sin dejar de mantener los brazos y las manos sobre el hogar,

un quejido ronco sale de su garganta, quizás una especie de estertor,

de transitoria agonía hacia otra vida más plena.

Tras una expiración semejante a la muerte,

eleva suavemente sus manos sobre el hogar,

y bajo su movimiento, brotando de la pinaza y las ramas,

surge el fuego, lento, majestuoso, vital.”

 

 

 

 

 

 

 


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miércoles 19 de noviembre de 2008
Intento al Perdiguero desde Estós.
Tipo de Entrada: ÁLBUM DE FOTOS


16-11-08. ...Pues que la nieve está aún poco asentada y tardamos cuatro horas en llegar de La Coma al Collado Obago, y no precisamente sobrados. Y en las zonas altas el viento resultaba torturador... Otro día será.


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viernes 7 de noviembre de 2008, 12:41:24
El hombre del Sarrau
Tipo de Entrada: CUADERNO | 2 Comentarios

 

Los comentarios que hemos hecho entre varios a una foto de la galería del Bachimala de “Comhofaelvent”, donde sale la campa del Sarrau con su cabaña, han hecho aflorar una serie de reflexiones que me parecen muy interesantes, sobre las que me gustaría dar unas vueltas tranquilamente, como un águila sobrevolando su territorio de caza. Pero no voy a utilizar la estrategia de mi último post… porque al final os voy a cansar y me diréis que resulto más sombrío y aburrido que una corneja afónica. Quizás debería intentar convertir todo este batiburrillo en un cuento…

 

Antes de nada, muy brevemente y para los que no lo sepáis, os diré que El Sarrau es una campa no muy grande y casi horizontal situada a 2.000 metros al norte del refugio de Viadós. Se atraviesa inevitablemente cuando se sube por el sendero desde el refugio hacia la Señal de Viadós, a algo menos de una hora del refugio. No es una campa al uso, en el fondo de un pequeño valle, o un rellano en un flanco, sino la parte culminante de un lomo con pendientes descendentes a ambos lados (el lomo que va subiendo hacia la Señal). Por este motivo tiene unos panoramas muy completos, y además su orientación en solana, mirando al sur, le da una luminosidad enorme y le suaviza la temperatura en cuanto el sol puede brillar sin obstáculos. Y sobre todo, sobre todo, ofrece en mi opinión la mejor vista del Posets, que aquí presenta un flanco enorme y bellísimo de dimensiones casi alpinas. En su borde norte tiene una pequeña cabaña de pastores, una construcción de piedra con techo de losas de pizarra, pequeña y rústica, pero que ofrecería una protección estupenda en caso de necesidad.

 

El Sarrau es uno de esos lugares, en mi modesta opinión, que sobrecogen por su belleza, por su soledad, por su grandiosidad, por su dulzura, por su armonía, por su bravura... O por todo ello a la vez. O, ante todo, por la paz que parece irradiar. Esto es importante, porque, quien más, quien menos, salvo que tenga espíritu de hoplita y le guste la brega, lo que busca en realidad es paz.

 

Todo esto lo experimenté de forma especialmente intensa en el Sarrau en marzo de 2002, cuando mi penúltima ascensión al Bachimala. Ya había pasado por allí otras veces, de noche todavía, a media mañana, en una tarde luminosa, bajo la nevada… Pero fue entonces cuando lo percibí claramente, quizás porque Pep y yo decidimos subir a instalarnos allí en una tarde radiante que mostraba todas las joyas que nos rodeaban, una tarde deliciosa dedicada a la contemplación, y quizás incluso a la meditación. Y al volver a pasar por allí hace apenas diez días, he llegado a la conclusión de que la vertiente del Posets fue creada para ser contemplada, que su razón de ser es que siempre la contemple alguien. ¿Y qué mejor sitio que desde el Sarrau?

 

 

La foto en cuestión, con la cabaña y la campa del Sarrau, y el Cotiella en el fondo, al sur.

 

 

 

-- El hombre del Sarrau --

 

 

 

"Había una vez un hombre que vivía solo en una pequeña cabaña, pequeña y modesta pero ubicada en un lugar maravilloso, una campa situada a media subida de un enorme lomo herboso, con un arroyo próximo y un imponente circo de montañas en casi todas direcciones. Su vida era sencillísima, limitada a cuidar de su escaso ganado y a contemplar lo que le rodeaba. Pese a la poca relación que tenía con los demás, era un hombre afable al que le gustaba charlar con los pocos caminantes que aparecían de tarde en tarde por el paraje.

 

 

 

La cabaña, con el Bachimala al fondo, hacia el nordeste. Espero que tanta publicidad del paraje no provoque ideas extrañas en algún promotor en crisis...

 

 

 

La nieve de la última nevada se ha colado en el interior de la cabaña del Sarrau, pues qué fastidio… Bueno, con un poco de buena voluntad y un ratito de pala puede arreglarse, porque lo que no harán es vivaquear ahí afuera, con la rasca que pega. Además han estado toda la jornada trasegando con una nieve honda y pegajosa como si se tratara de un gigantesco membrillo albino, y están cansados. Este lugar, además, es tan bonito… Al este, el soberbio flanco occidental del Posets se yergue como un gigante alpino y brilla como un diamante al sol cálido de la tarde, ya en declive. No apetece bajar hasta Viadós o Tabernés. Es una delicia quedarse aquí un rato, relajados, cenar algo y esperar a la noche reparadora. Total, llevan todo el material de pernocta encima después de la travesía, y no tienen que volver a casa hasta el día siguiente.

 

 

 

 El Posets desde los alrrededores del Sarrau.

 

 

 

Una tarde soleada de primavera llegaron dos caminantes a la cabaña. Parecían cansados, o así lo pensó el pastor, que les ofreció algo de comida, unos tragos de vino y un rato de conversación. Ellos aceptaron encantados. Pero sorprendidos por encontrar a alguien allí instalado, enseguida hicieron derivar la charla hacia las razones de su anfitrión para vivir allí. Él era un hombre sencillo y confiado, y no tuvo ningún problema en contestar con sinceridad que siempre había vivido allí.

   - ¿Y no echas de menos el mundo? – le preguntaron.

   - Esto es el mundo – contestó de buenas maneras, pero a quemarropa, el pastor. – Si lo contempláis atentamente lo comprenderéis. 

 

 

 

 Los Eristes asoman a la izquierda.

 

 

 

Durante la noche el cielo se ha cerrado de golpe y nieva fuerte desde hace un buen rato. Pero en la cabaña se está bien, la verdad, pese a que su interior sea muy exiguo y apenas se pueda estar de pie. El noroeste, intenso, sopla al exterior, pero en un momento de duermevela otros ruidos en la entrada se superponen al del viento. Cuando se incorporan en los sacos y consiguen encender los frontales se encuentran con un hombre en la puerta, un hombre ya de cierta edad, bien abrigado pero que no va vestido como un montañero; desde el umbral, a su espalda, se cuelan los copos racheados de la ventisca.

   - Buenas noches, por decir algo... ¿Se puede pasar?

En un rato están los tres instalados, preparando una infusión y charlando. Total, la bajada de mañana hasta el coche no será demasiado larga, a pesar de la que está cayendo en esta cota, y el forastero tiene ganas de conversación.

   - Pues resulta que yo vivo aquí... – Ante la mirada atónita de los montañeros, el recién llegado parece verse en la obligación de continuar. – Bueno, paso la mayor parte del año, salvo en los momentos de grandes nevadas, que me instalo en casa de un amigo en Gistain. En cuanto puedo vuelvo a subir.

Al cabo de un rato de proseguir la conversación, la confianza adquirida da alas a la curiosidad de los montañeros, que ya van comprendido con claridad que este hombre no cambiaría su vida, pero no pueden evitar el preguntar.

   - No siempre he vivido aquí – responde por fin tras unos instantes de zozobra. - Aunque hace tanto que estoy que ya ni me acuerdo. Supongo que estoy aquí por que me gusta, porque es un lugar con magnetismo, y porque nada ni nadie me espera allí abajo… Ah, y también porque una vez alguien, aquí mismo, hace mucho tiempo, me dio que pensar…

   - ¿Y no echas de menos el mundo?

   - Esto es el mundo – contesta de buenas maneras, pero a quemarropa. – Si lo contempláis atentamente lo comprenderéis.

 

 

 

¿El hombre del Sarrau...? La verdad es que parece más un montañero.

 

 

 

Los caminantes se despidieron del pastor al cabo de un par de horas, en las que estuvieron conversando casi sin parar, y reemprendieron el descenso hacia el fondo de Viadós. Mientras bajaban no intercambiaron palabra, y eso que, como mínimo, el paisaje se hubiera merecido exclamaciones casi continuas... El flanco del Posets, las cimas de los Eristes en lo alto de su pequeño circo, los bosques y los pastos de altura a los pies de roquedos y neveros, la compleja mole caliza del Cotiella cerrando hacia el lejano sur los panoramas... Parecían enmudecidos... Quizás se habían quedado sin palabras, o ya habían dicho y oído todo lo que tenían que decir y oír.

 

 

 

El flanco occidental del Posets desde el Ordiceto, en abril del 2007.

 

 

 

La mañana se despereza luminosa después de una noche de nevada casi continua. Aunque hay bastante nieve en el terreno, los tres salen a desayunar al exterior. El entorno es espectacular y hay que tomarse un buen rato de respetuoso silencio para apreciarlo y disfrutarlo como se merece. Con el estómago por fin caliente, se reanuda con naturalidad la conversación de la noche, quizás donde se quedó...

   - ¿De verdad no piensas dejar nunca esto, pase lo que pase?

   - Hombre, pase lo que pase no sé, pero en lo que de mí y de mi voluntad dependa, tengo la intención de vivir aquí hasta morir. - Los dos montañeros se miran de reojo, gesto que no escapa al hombre del Sarrau. - Ya os dije que nada ni nadie me espera allá abajo.

   - La verdad, yo no podría prescindir de algunas cosas... – añade uno de los montañeros. – No sé... Salir a tomar algo, ver a la gente, ver una buena película o disfrutar escuchando un disco... Incluso algunos días trabajar un poco, fíjate...

   - O estar con mi chica, qué demonios... – añade el otro casi con cierta urgencia. - ¿Tú tienes familia? – acaba por preguntar.

   - Sí, tuve familia. 

Tras un largo silencio, el hombre del Sarrau se decide a continuar.

   - ¿Sabéis? Hace tiempo, mucho tiempo, comprendí que mi vida abajo era un error. Quizás la vuestra no lo sea, o aún no lo hayáis descubierto. – Tras un breve silencio escrutador de sus dos interlocutores, prosigue. – ¿Verdad que venís al monte regularmente? ¿Verdad que cuando no lo hacéis os encontráis mal? ¿No habéis pensado en el porqué?

   - Joder, porque necesitamos oxigenarnos… Es verdad que la vida de abajo es agresiva. - responde deprisa uno de los montañeros.

   - O porque tratáis de cubrir o compensar ciertas carencias… - añade sombríamente el hombre del Sarrau.

   - Bueno, bueno, esto de las carencias es muy relativo… Como dice un buen amigo mío, lo importante, estés donde estés, hagas lo que hagas, vayas o vengas, es tener poco equipaje. Eso es lo que te da libertad.

   - Claro, claro, coincido con eso, desde luego… - dice el hombre del Sarrau. – Es precisamente el equipaje el que nos asfixia, el que nos impide maniobrar para cubrir las carencias que todos padecemos, en mayor o menor medida… Y esta vida monacal, contemplativa, precisamente aquí, me ha permitido deshacerme del equipaje. Y me ha liberado.

   - Me parece una solución muy drástica, casi desesperada – dice despacio uno de los montañeros. – Hay que tener una madera especial para esto… Y además haber acabado muy quemado de todo lo demás.

Un soplo de aire en altura despega una banderola de nieve ingrávida en la arista cimera de Las Espadas. Los tres se quedan un buen rato mirándola, balanceando su mirada al ritmo de ese penacho evanescente.

 

 

Al cabo de un rato, el hombre del Sarrau vuelve a hablar.

   – En mi caso, descubrí que mi vida de abajo era un error cuando me atreví a preguntarme qué hacía allí... Trabajar en cosas que no me estimulaban, verme constantemente obligado a hacer cosas que en realidad no quería hacer, dejarme llevar por la rutina de un supuesto ocio que me estaba asfixiando, rodearme de gente con la que en realidad no quería estar, vivir con personas con las que, en el fondo, nada me unía, con las que no compartía apenas nada... Un equipaje muy pesado… Tanto que a veces puso en fuga a personas con las que podría haber compartido cosas…

   - Un momento, un momento... – interrumpe uno de los montañeros. – Eso no le pasa a todo el mundo. A muchos no les pasa, y a mí tampoco. Yo decido cuál es mi equipaje.  

   - ¿Estás seguro de eso, de verdad? Si es así, eres muy afortunado… Pero, ¿no será más bien que casi nadie se atreve a afrontar la auténtica cuestión? – responde tranquilo el hombre del Sarrau. Y continúa. – Yo creo que muchas personas reconocen en sus vidas esas dinámicas perversas, pero, normalmente, a lo más que suelen atreverse es a practicar pequeñas interrupciones regulares, a huidas limitadas, a salir a oxigenarse, como habéis dicho, a recargar baterías para poder volver a luchar con sus miserias… Seguramente sea lo más cómodo, especialmente si todavía creen que las controlan... Hace falta mucho valor para romperlo todo de verdad, para darle completamente la vuelta, para tirar todas las maletas por la borda... A mí me costó mucho y lo pasé muy mal.

   - Sí, pero también hace falta a menudo mucho valor para seguir abajo con tu vida y tus cosas... Además, no tengo la necesidad de romperlo todo, como dices, y mi vida de allí tiene sentido… Al menos de momento – apostilla el que ha interrumpido antes.

   - Vale – concede el hombre del Sarrau. – Entre ambos alardes de valor, has preferido el que te permite seguir con aquello… Bien, empleas tu valor en luchar en aquella guerra… – calla unos instantes antes de continuar. – Yo decidí lo contrario cuando me sentí agotado del todo y vi claramente que mi vida era un despropósito que me estaba hundiendo en la idiotez y en la depresión. Me entró una desesperación que sólo conseguí vencer viniendo aquí. Os lo aseguro… Es verdad que al principio me sentí aterrorizado por todo el tiempo perdido en mi vida, por la duda de si había acertado con mi decisión, por el cambio drástico de escenario… Pero luego me he sentido lleno y feliz. Y sobre todo en paz – Se detiene, mira al Posets y se lo muestra a los montañeros con un suave gesto circular. – Fijaos en qué escenario...

Se lo vuelven a mirar todos, una vez más, despacio, saboreando con los ojos esos flancos de nieve fresca y virginal.

   - Sí, fabuloso – acaba por decir uno de los montañeros. – Pero muy duro. No creo que pudiera estar siempre aquí… Y no creo que pudiera vivir por mis propios medios, alejado de las ventajas de la civilización...

   - Y yo estoy seguro de que no querría estar siempre aquí, vivir siempre así, con tanta soledad… - añade rápidamente el otro. El hombre del Sarrau no les responde, se limita a mirarles con una sonrisa afable. Y al final exclama suavemente: “Ah, la soledad, qué miedo nos da…”.

 

 

A eso de las diez de la mañana se despiden efusivamente de su improvisado anfitrión y emprenden el sendero de descenso a Viadós. Al cabo de un ratito de empezar, ya acercándose al borde superior del bosque de pinos que cubre la parte baja de esta vertiente, se detienen para lanzar una última mirada panorámica antes de meterse entre los árboles. E inevitablemente acaban comentando lo sucedido.

   - Muy agradable, pero muy pirado...

   - Pues sí, porque ya ves qué manera de vivir...

   - No sé, pienso que es el típico inadaptado, o el típico misántropo, o el típico frustrado por una relación sentimental que se fue a la porra, o por una vida en general insatisfactoria... O todo un poco a la vez.

 

 

 

Desde el refugio de Viadós, con las Granjas debajo.

 

 

 

Siguen bajando hasta el refugio y se tumban un ratito en el prado de delante, libre de la nevada nocturna, mientras contemplan las Granjas de Viadós y el flanco del Posets. El sol de mediodía modela con sus precisos claroscuros las pendientes, los pliegues, las cadenas y aristas, las paredes, los valles y circos suspendidos que configuran esta vertiente soberbia. Pero va pasando el rato, mucho rato. La montaña parece que les mira.

 

Tanto rato que el sol empieza a caldear con sus rayos sesgados desde el oeste todos los recovecos del flanco, difuminando su estructura compleja e iluminándolo completamente, de frente, como un omnipotente foco anaranjado. Y hace también mucho, mucho tiempo, que ya no intercambian palabra, reconcentrados en la contemplación. Quizás se han quedado sin palabras, o ya han dicho y oído todo lo que tenían que decir y oír.

 

Y la montaña parece que les mira. Y que sonríe complacida por sus propios encantos, confiada en que por siempre siga estando allí abajo, contemplándola, el hombre del Sarrau."

 

 

 

La sonrisa de la montaña, segura de sí misma.

 

 

 

 


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