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viernes 7 de octubre de 2016, 16:24:00
En el amor del Pirineo
Tipo de Entrada: CUADERNO | 943 visitas

 

 

El Canigó visto desde el Pic de la Dona, en Ulldeter.

 

Vale, esto también va del Canigó, al que he subido hace tan poco como este pasado 18 de septiembre (enlazo la galería de fotos al final, "Lo Rei Canigó"), y sobre todo va del “Canigó”, el precioso poema que escribió Cinto Verdaguer y publicó en 1885. Hablé un poco de él hace tres años, cuando mi anterior ascensión a Lo Rei del Rosselló (http://gerardo.madteam.net/posts/2013-10/26-aos-sin-rey/), y he hablado más a fondo de él hace poco, en el texto “El Gigante” colgado este verano en este mismo blog (http://gerardo.madteam.net/posts/2016-09/el-gigante/). A diferencia de este último texto, en el que me centraba en los hechos de armas que narra Verdaguer en el Canto VIII y acaecidos en el entorno del Coll de Carançà y del Pic de la Fossa del Gegant, en el que acababa de estar, ahora me apetecía incidir más en otras vertientes del poema, a propósito de que acabo de recorrer en mi última ascensión al Canigó algunos de los parajes donde Verdaguer ubica su narración: la Vall de Cady, y especialmente la llamada Jaça de Cady, que no es más que el fondo herboso y más o menos llano de la cabecera de la Vall de Cady: el término catalán “jaça” hace referencia precisamente a esto, a una zona más o menos llana y jugosa del fondo de un valle de montaña donde el ganado suele instalarse para alimentarse y sobre todo descansar (por cierto, en la cartografía francesa se escribe Cady, pero Verdaguer escribe Cadí, supongo que en una versión catalana pura y que coincide con el nombre de la célebre sierra caliza al sur de la Cerdanya).

 

 

Vacas en las cercanías de la jaça de Cadí.

 

Ya expliqué sintéticamente en “El Gigante” de qué iba el “Canigó” de Verdaguer, y tampoco pretendo desvelar aquí todos sus entresijos, aunque me temo que uno capital va a salir a la luz, porque es algo que sucede precisamente en la Jaça de Cadí. En cualquier caso, no voy a hablar de combates épicos contra “el moro”, aunque su presencia siempre está ahí, en un segundo plano… Bien pensado, me da que os voy a tener que “destripar” el argumento de casi todo el poema, quizás exceptuando el final… (un final en el que realmente no pasa nada esencial desde el punto de vista de la acción…). Pero bueno, ahora de lo que os quería hablar ante todo es de lo bonito que es el amor, y de cómo, al menos según la perspectiva del autor, más que bonito parece bonito, y puede provocar efectos indeseados…

 

 

Subiendo hacia la jaça de Cadí, por encima de la cabana d'Aragó.

 

A la Vall de Cadí se llega ascendiendo a pie hacia el este desde el Coll de Merialles, donde está situado el refugio homónimo y a donde se accede por una pista forestal sin asfaltar, una pista que se toma por encima del núcleo de Castell, situado algo por encima de la población de Vernet Les Bains, en el Conflent (la comarca del Rosselló que incluye quizás como población principal Prades). Antes de traquetear con el coche por la pista hasta el Coll de Merialles, situado a 1.700 metros de altitud, se pasa más o menos a los pies del monasterio de Sant Martí del Canigó, que también juega un papel trascendental en el poema de Cinto Verdaguer. De hecho, la Vall de Cadí es una de las cabeceras del valle que baja desde Merialles hacia el norte, hacia Castell y Vernet, un valle cuyas aguas se unen al Tet (nacido en Les Bulloses ceretanas) en Vilafranca de Conflent. Es el terreno que se recorre para ascender al Canigó por esta vertiente sur de la montaña, y ha resultado que ha coincidido esta última ascensión a Lo Rei con mi relectura del “Canigó”. Como decía al final de “El Gigante”, esta inserción de los parajes que amamos en nuestro relato humano, en este caso mediante el poema de Verdaguer, despierta una manera mucho más intensa y profunda de disfrutar de la actividad.

 

 

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Al fondo, hacia el norte, la cima del Canigó vista desde la jaça de Cadí.

 

Bien, tengo que entrar de forma inevitable en las “tripas” del “Canigó” si quiero explicar los sucesos de la jaça de Cadí. En el Canto I, titulado “L’aplec” (algo así como “la reunión”), el bello y joven Gentil, hijo de Tallaferro y sobrino de Guifré, conde de Cerdanya, es armado caballero en las campas de Sant Martí del Canigó, donde no había todavía un monasterio, sino una simple ermita con su correspondiente ermitaño. Durante el festejo posterior, Gentil contacta con Griselda, una hermosa y humilde doncella que le tiene robado el corazón, y que a juzgar por la reacción de su padre no parece “dar el peso” para emparentar con una familia condal… Y al final de la celebración llega el aviso de que los sarracenos han desembarcado en la costa del Rosselló y han ocupado Elna (que por cierto, tiene un complejo arquitectónico románico espectacular). De inmediato se movilizan los líderes y los mensajeros para reunir las huestes cristianas: Tallaferro sale disparado Conflent abajo con sus tropas para intentar parar el primer golpe, y Gentil acompaña de momento a su tío Guifré hasta Cornellà de Conflent (entre Vilafranca y Vernet) para organizar la retaguardia. Si es que en cuanto montas una fiesta viene alguien y te la revienta…

 

 

El Canigó visto desde Vernet, desde el oeste.

 

El Canto II del poema habla del hada Flordeneu y lleva como título su nombre, pero es algo más que una reflexión sobre su belleza, sus “artes” y la hermosura del lugar en el que habita… Guifré ha encargado a su sobrino el mando de un destacamento que ha de partir al día siguiente hacia la costa, pero la noche anterior, cuando un desvelado y melancólico Gentil observa el Canigó con sus palas nevadas mientras no deja de pensar en Griselda, su escudero le dice que esas manchas blancas son los mantos de armiño de las hadas: “Lo que mirau – li diu - no son congestes, / són los mantells d’ermini de les fades / que dansen a la llum de la celistia  /  dels estanys de Cadí vora les aigües”. Gentil intuye que le podrían ayudar en su mal de amores, aunque no acaba de olvidar todavía sus deberes militares: dice Verdaguer que “dintre son cor de jove / lluiten de mort l’estimació i la pàtria”. “Galopant a tota brida podeu tornar ací primer que l’alba”, le contesta su escudero cuando Gentil le pregunta si tardaría mucho en llegar, aunque le ha advertido antes: “Mes és castell a on qui va no en torna,  /  sols un de cent que hi pugen ne devalla”. Pero ya está liada, que se suele decir… Y Gentil se lanza en plena noche monte arriba con su corcel.

 

 

A falta de flores de nieve, aquí tenéis las hierbas escarchadas del pasado 18 de septiembre...

 

Entonces Verdaguer se vuelca en describir lo que encuentra el joven caballero en las alturas de la montaña. Es el territorio de las hadas, un lugar mágico en el que parece no existir ni el frío ni lo inhóspito de estos parajes de alta montaña, una especie de burbuja más allá de la realidad, una realidad “paralela” o “cuántica”, que está de moda decir últimamente… Por de pronto, allí arriba resulta todo tan cuántico y paralelo que Gentil cree toparse con su adorada Griselda, cuya forma ha sido en realidad usurpada con sus arteras artes por la reina de las hadas, Flordeneu: “Gentil, lligat per invisibles llaços,  /  va seguint  l’Encantada, que, traïdora,  /  estrafà la figura de Griselda”.

 

 

Vista desde arriba de la jaça de Cadí, ese jugoso sector central y más bajo. Se ven incluso algunos de sus laguitos en el centro hacia la izquierda, y concretamente el que os mostraré más tarde...

 

Gentil se deja arrastrar por el entorno dulce y lisonjero del séquito de Flordeneu, plagado de guirnaldas de flores, perfumes y bellas palabras de amor, una atmósfera casi hippy y "flower power"… Los puntuales recuerdos al deber militar abandonado son desbordados y sepultados por la inmediatez placentera de esta especie de viaje psicodélico y antibelicista, en el que sin embargo Verdaguer no ahorra ciertos puyazos de realismo al escribir que “ell se sent pres com un aucell que, lliure  /  volant, se troba en unes urpes d’àliga”… ¿Es ésta la descripción decimonónica del viaje de un hippy pacifista "avant la lettre", incluso de un toxicómano? Quizás pretenda ser más bien la descripción de cómo un hombre bueno y cabal puede caer en las garras de una mala mujer... Y la comitiva “a la planella de Cadí devalla”, desciende hasta la llanura de Cadí, la “jaça” de Cadí.

 

 

Una percepción psicodélica de la jaça de Cadí.

 

La descripción que hace Verdaguer del paraje tiene poco que ver con su aspecto actual, y parece que tampoco con el que tenía cuando él estuvo por ahí, aunque el poeta justifica esta licencia… Dice que aquella planicie, hoy desierta y desnuda (“avui deserta i nua”), era en los tiempos de sus héroes una cuenca de esmeralda; habla de “pinedes” (quedan hoy unos pocos pinos negros aislados, ya que se encuentra a casi 2.300 metros de altura, en espacio de pastos supraforestales y de roquedo). Explica que los estanys (laguitos de montaña) que hoy quedan, que son los que él pudo ver en sus excursiones y que son básicamente los mismos que podemos ver hoy, constituyen “huellas” de un antiguo y pequeño mar, espejo donde el cielo se reflejaba: “los estanyols que encara avui l’argenten  /  d’aquella mar petita són petjades,  /  són los bocins d’aquell espill on tota  /   la nau del firmament s’emmirallava”… Y describe el palacio de Flordeneu y el lugar donde se ubicaba su trono en una isla situada en el centro de uno de los laguitos del lugar, unida a la orilla por un puente de hierba y flores, todo ello en un entorno de hayas, abedules y abetos…

 

 

El entorno de la jaça de Cadí; en el centro, en bajo, está el laguito de las islas...

 

Hoy en día ninguno de estos árboles crece en el entorno de los estanys de Cadí, pero siguen existiendo en cotas no excesivamente más bajas, unos 200 o 300 metros por debajo, siguiendo aguas abajo la Vall de Cadí hacia el refugio de Merialles. Puede ser que Verdaguer los llegara a ver en torno a los laguitos de la Jaça hace 130 o 140 años, o que simplemente imaginara que en un tiempo anterior el bosque llegara algo más arriba, lo que no es imposible antes de ciertas talas sistemáticas practicadas desde hace siglos para obtener pastos para el ganado.

 

 

Abedules camino de Merialles, por debajo de la jaça.

 

El otro día, 18 de septiembre, de subida no estuve pendiente de los laguitos, pero de bajada de la cima del Canigó pude detenerme varias veces y dedicar un buen rato a contemplar una parte de los que quedan, pequeñitos, al menos en esta zona baja de la “Jaça de Cadí”. E incluso me he permitido localizar y fotografiar uno que he dado en llamar “l’Estany de Flordeneu”: un laguito casi redondo, rodeado de hierba jugosa, que presenta junto a su orilla oriental dos pequeñas islitas circulares de un verde lujurioso, y una lengua de arena que avanza desde la orilla norte hasta el centro del lago.  

 

 

El estany de Flordeneu.

 

Bueno, no pretendo haceros aquí una recensión comentada de todo el “Canigó”, sino simplemente repasar parajes reales que Cinto Verdaguer conocía de primera mano y en los que situó la acción del poema, y en concreto parajes como la Jaça de Cadí por la que acabo de transitar hace muy poco. Por eso voy a pasar de puntillas por el Canto III, titulado “L’encís”, el hechizo en castellano, donde el poeta sigue describiendo con preciosas cuartetas el paraje donde habita Flordeneu y cómo ella acaba de subyugar completamente a Gentil. Tampoco voy a detenerme en el Canto IV, “Lo Pirineu”, una especie de espectacular y delicioso “Pirineo desde el aire” que Flordeneu le ofrece a Gentil bastante antes de que existieran artefactos voladores, un vuelo en la carroza del hada que alcanza desde el Canigó hasta el Aneto y las Maladetas… En medio del desatado romanticismo descriptivo de los versos puede disfrutarse de la precisión geográfica del vuelo, y es que los versos no celebran a los enamorados ni cantan su amor, sino que constituyen una completa declaración de amor al Pirineo, casi exclusivo protagonista y descrito con la pasión con que lo haría el amante más ferviente. Os recomiendo que lo leáis de cabo a rabo si conocéis y amáis estas montañas... Y si no, pues también… Ahí os lo dejo (por cierto, en la página de este pdf tenéis todos los cantos del poema, si queréis).

http://www.canigo125.cat/veus/Canigo_en_pdf_files/Cant%20IV,%20Lo%20Pirineu_Canigo%CC%81.pdf

 

Texto de este Canto IV relativo al Puigmal, ubicado en su cima.

 

El Canto V, titulado “Tallaferro”, contrasta con los anteriores por su ambiente épico y militar, y describe la bajada de Tallaferro hasta la costa para hacer frente a los sarracenos, cómo cae herido en el combate y es capturado, aunque enseguida consigue que sus hombres prendan fuego a las naves moras atracadas en Colliure. El Canto VI, titulado “Nuviatge” (noviazgo en castellano) vuelve al tono lírico que rodea a los enamorados e incide en los preparativos y fastos de su próxima unión, aunque el apasionamiento de los versos no impide a Verdaguer ir desgranando como en un gota a gota ciertos elementos amargos que le interesa resaltar: “Si eixa és la font de l’oblit  /  no ho esbrina pas la història,  /  més del país que ha traït  /  ell va perdent la memòria”. Pero el tono general es festivo, y va trufado de los cantos nupciales de las diversas hadas pirenaicas que han comparecido, de sus buenos deseos y regalos para la feliz pareja, de un largo y precioso pasaje central dedicado a “Lo Rosselló”, y todo ello entrelazado con el célebre estribillo que va repitiéndose periódicamente como una oración o un mantra cantado por las hadas: “Muntanyes regalades / són les del Canigó, / elles tot l’any floreixen, / primavera i tardor”.

 

 

No es del Conflent esta corona de gencianas, sino andorrana, pero es igual, todo es Pirineo florecido...

 

El Canto VII, titulado “Desencantament” (creo que no necesita traducción) tiene más peso en el desarrollo de la trama del poema, y nos acerca de nuevo a la “Jaça de Cadí”. Tras un inicio casi bucólico, en el que a petición de Flordeneu algunas hadas cantan aspectos digamos “míticos” pirenaicos, como el tránsito pirenaico del cartaginés Aníbal en su campaña contra Roma, o el nacimiento de los ríos gemelos Garona y Noguera Pallaresa en el Pla de Beret, pero de inmediato con transcursos diferentes, la cosa cambia. Gentil lanza un canto que casi diría melancólico, en el que se sigue entregando a la que todavía cree ser su amada Griselda, pero con ramalazos nostálgicos de su vida anterior e incluso momentos de lágrimas… Y a continuación, sin solución de continuidad, se narra la angustia de Guifré por la desaparición ya de tres días de su sobrino Gentil, y también su indignación porque el recién armado caballero ha abandonado sus deberes militares y patrióticos.

 

 

La escarpada vertiente sur de la cima.

 

Guifré se planta en la cima del Canigó y se encuentra a Gentil en el previsible estado de “enamoramiento paralizante”, o quizás habría que decir “idiotizante”… Y en su arrebato de ira no se le ocurre otra cosa que empujar a su sobrino y despeñarlo, así de claro: ésta sí que es una manera resolutiva de acabar con cualquier encantamiento, propia de un hombre de acción como Guifré; no en vano se dice que muerto el perro se acabó la rabia… Y por supuesto, lo hace por el único sitio de la cima del Canigó por el que puede despeñarse a alguien de forma expeditiva e irremediable, la abrupta vertiente sur del pico, la de la Xemeneia y la Vall de Cadí: “Com un arbre ufanós que en sa florida  /  arranca en la cinglera un terbolí,  /  Gentil, des d’allí, va sense vida  /  rossolant a la plana de Cadí”.  

 

 

La chimenea desde abajo.

 

La chimenea desde arriba; no está mal caer rodando por aquí...

 

Teniendo en cuenta que el cuerpo de Gentil acaba en el fondo de la Vall de Cadí, en la “jaça”, estaríamos hablando de un rodar de cientos de metros de desnivel, evidentemente exagerado por el patetismo lírico del momento, porque un cuerpo no acabaría en la “jaça” por muy fuerte que lo empujaran… Pero bueno, ahí es donde acaba muerto Gentil, y de inmediato se activa el mecanismo del duelo desconsolado de Flordeneu y su séquito. Le rinden unas primeras honras fúnebres, centradas sobre todo en el entorno del palacio y el trono de Flordeneu, el del laguito con islitas de la “jaça” del que ya os he hablado. Pero entre tanto dolor por la muerte del amado, queda un resquicio para la venganza… ¿Una reacción incontrolable y comprensible de la amada que acaba de perder a lo que más quiere, o algo más retorcido, porque al fin y al cabo no hablamos de una mujer, sino de un hada con poderes especiales que usa para manipular a quienes la rodean? En fin, lo cierto es que el canto acaba con la siguiente estrofa, en la que una desesperada Flordeneu usa sus artes para provocar una espantosa tormenta, sabedora de que Guifré todavía está en la montaña: “Amb branques de llorer l’aigua tranquil·la  /  bat de l’estany, i, amb ses mateixes mans,  /  congria el torb d’ales de foc, i apila  /  los núvols sobre els núvols udolants”.

 

 

Otto y yo en la jaça de Cadí, hasta donde hemos ido “rodando” desde la cima...

 

Del Canto VIII, el titulado “La Fossa del Gegant”, he hablado bastante a fondo en mi anterior entrada del blog, de hace un mes (http://gerardo.madteam.net/posts/2016-09/el-gigante/), y os remito a ella. Además, se supone que en este texto pretendo evocar los sucesos de la “Jaça de Cadí”, por la que acabo de pasar, y no otros sucedidos en otros lugares. Muy sucintamente os diré que Guifré, tras el terrible encuentro con su sobrino en la cima del Canigó, ve el fuego de las naves moras en Colliure (Canto V) y baja con sus huestes a ayudar a su hermano Tallaferro. Los sarracenos huyen por el Vallespir y el Ripollès, los cristianos los persiguen y por fin consiguen interceptarlos en el Coll de Carançà, y allí Guifré da muerte al comandante moro, el gigante negro Gedhur. En los Cantos finales, del IX al XII más el epílogo de la obra, la acción ya ni se desenvuelve en el entorno de la Vall de Cadí, ni concierne a la pareja de enamorados, a Gentil y a Flordeneu.

 

 

La vall y jaça de Cadi desde media bajada desde la cima.

 

Sólo vuelve a aparecer en forma muy breve la Vall de Cadí en el Canto XI, “L’enterro”, para explicar que los hombres de Guifré y Tallaferro “rescatan” de allí el cuerpo de Gentil para bajarlo a la ermita de Sant Martí del Canigó, donde recibe unas honras fúnebres y un entierro “como Dios manda”, que incluyen momentos emotivos de reconciliación entre los hermanos gracias a la intervención del Abad Oliba, hermano de ambos, y la fundación del monasterio de Sant Martí del Canigó por parte de Guifré de Cerdanya, que decide expiar su crimen recluyéndose en él como monje. En el Canto X, Guifré de Cerdanya se despide de su esposa Guisla (el título del Canto), en medio de un dolor enorme en el que resalta la entereza de una buena esposa cristiana. En el Canto XI, “Oliba”, el gran obispo fundador de monasterios trabaja en la construcción del monasterio de Sant Martí del Canigó mientras idea la célebre portada del de Santa Maria de Ripoll, obra maestra del románico. Guifré vive en su celda monacal y duerme todas las noches en la tumba que ha cavado para él mismo, y, más cerca de la otra vida que de ésta, acaba muriendo. Y también llega al monasterio en construcción la noticia de que Tallaferro ha caído en una misión en la Provença. Antes de morir, Guifré pide a su hermano el Abad Oliba que plante una gran cruz en la cima del Canigó.

 

 

La creu del Canigó.

 

El Canto XII, “La Creu del Canigó”, narra la materialización de este último deseo de Guifré, en un texto apasionado en el que monjes y caballeros suben la Cruz hasta la cima de Lo Rei y la plantan. Hay una preciosa sucesión de réplicas y contrarréplicas entre los cristianos triunfantes y las fuerzas paganas encarnadas en las “hadas”, que abandonan para siempre la montaña y el país, sin olvidarse tampoco la victoria sobre las huestes musulmanas invasoras. Es la apoteosis de la victoria de la naciente Catalunya cristiana sobre el paganismo y el Islam.

 

 

Allí siempre hay alguien... ¿Instalando la cruz?

 

En el epílogo, llamado “Los dos campanars”, los maltrechos campanarios de Sant Miquel de Cuixà i Sant Martí del Canigó dialogan en “tiempo presente”, es decir, en el siglo XIX de Cinto Verdaguer, sobre su decrepitud y decadencia, en una reflexión nostálgica que termina agarrándose y cantando a la perdurabilidad del Pirineo. Fin… Ajajá, me temo que os he acabado haciendo una recensión comentada de todo el “Canigó”

 

 

Los campanarios de Sant Miquel de Cuixà y de Sant Martí del Canigó.

 

Pero no he acabado del todo con el tema de los enamorados, que es el hilo conductor que me ha empujado a escribir todo esto, ese amor nacido al resguardo del Canigó. Y es que se me suscita alguna reflexión sobre la manera en que es presentada la relación entre Flordeneu y Gentil. Hay dos elementos en el planteamiento de Cinto Verdaguer que me llaman la atención. El primero, las técnicas manipuladoras de ella para hacerse con el objeto de su amor: usando sus poderes, se hace pasar por la enamorada de Gentil y éste cae fulminado, como si las armas de Cupido fueran más picas de los Tercios de Flandes que simples flechas… Y el segundo, que toda esta “maniobra” incapacita a Gentil, recién nombrado caballero y con una misión concreta encomendada, para hacer frente a sus deberes militares… Y no sólo militares, sino patrióticos y religiosos, porque son la patria y la fe las que se hayan en peligro extremo… Verdaguer no se ahorra expresiones como traidor a su familia, sus deberes y su país… Aunque todo ha de ser contextualizado, supongo. Yo creo que esta trama así presentada le ayuda a Verdaguer, que al fin y al cabo era sacerdote y patriota, a administrar en deliciosas dosis poéticas su mensaje de fondo, a saber: que no hay más amor verdadero y provechoso que el amor cristiano y consagrado, surgido entre un hombre y una mujer de verdad, no una hada “pagana” con poderes extraños; y por supuesto en una relación de igual a igual en términos de estatus social (recordad el mosqueo de Tallaferro con la fijación de su hijo por la hermosa pastora Griselda). Y también que dicho amor ortodoxo no debe estar nunca más allá de los deberes de un patriota y un creyente, deberes que incluyen abandonar a sus seres queridos para combatir por la causa, sin que nada ni nadie pueda apartarle de ella. Todo lo que se desvíe de estos axiomas es un error que puede pagarse muy caro, incluso con la vida, la terrena (ya no os digo nada de la “eterna”…). Líbrese cualquier buen cristiano y patriota de liarse con mujeres manipuladoras, de poca confianza y reputación dudosa, porque acabará en la senda de la perdición, tanto para su persona, como para su alma y para su patria… Además, tales desviaciones pueden provocar arrebatos de indignación en buenos cristianos y buenos patriotas, hasta arrastrarlos al crimen, como le ocurre a Guifré... Aunque por suerte existan protocolos para enderezar el entuerto: el arrepentimiento, el perdón de los ofendidos, la penitencia y la absolución del Señor. Ya, soy consciente del posible reduccionismo de mi interpretación, porque Verdaguer también pretende con su obra cantar quizás al amor en general, incluso a un amor como éste, peligroso y de nefastas consecuencias… Y lo canta de forma muy bella y eficaz, es así… En el amor del Pirineo.

 

 

El valle y la jaça de Cadí, un lugar muy hermoso al que amar y cantar...

 

En fin, no quiero acabar dejando en el aire esta especie de valoración de que Cinto Verdaguer era un integrista, que quizás en ciertos aspectos lo era, al menos desde algunos de nuestros parámetros actuales, porque creo que no sería justo con él, y menos aún con su obra. Para mí, el “Canigó” es mucho más que un canto al amor de Dios, al buen amor cristiano y al patriotismo, que también lo es: es un delicioso canto de amor al Pirineo, al que tantos de nosotros amamos también, escrito con un lenguaje muy hermoso y muy intenso. Más allá de los contextos culturales, políticos y religiosos del momento, para mí este amor pirenaico es lo que trasciende del texto y lo que lo convierte en perdurable, y así se expresa en la última estrofa del poema (y si no os convence el término “Dios”, no tenéis más que sustituirlo por otras expresiones como “Espíritu”, “Naturaleza”, “Universo”, o lo que os parezca):

 

“Lo que un segle bastí, l’altre ho aterra,

més resta sempre el monument de Déu;

i la tempesta, el torb, l’odi i la guerra

al Canigó no el tiraran a terra,

no esbrancaran l’altívol Pirineu.”

 

 

El Canigó desde el Coll de la Marrana, en Ulldeter.

 



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